Este 24 de marzo se cumplen 50 del último golpe cívico-militar que sufrió nuestro país. No fue el primero ni la única vez que el Estado cometió graves crímenes contra la población. Un largo camino de violencia y represión nos marca como país desde nuestro nacimiento. Sin embargo, la escala y sistematicidad de la violación a los Derechos Humanos que trajo el golpe del 76 transformó para siempre a la sociedad argentina.
Las huellas de ese pasado reciente aún están frescas, mirarlas para no volver a caminar esas sendas es un deber histórico del que no podemos escapar. En esa tarea, escuchar la voz de quienes vivieron en primera persona esta tragedia nos ayuda a comprender lo vital de la memoria. Porque elegir al olvido también es una postura política.
En ese andar de voces, recuerdos y reconstrucción, nos encontramos con Luis Alberto D’Elía y con su profundo universo de sentires que deja resonando el corazón de quienes tienen la suerte de escucharlo.
El exilio
Desde el principio de los tiempos el exilio fue una forma de castigo tortuoso que usó el poder para romper el alma de quienes quería destruir. Quien se exilia se ve enfrentado a la situación límite de elegir entre quedarse en la tierra que ama o la propia vida. Un pequeño puñado de tierra, una ramita de un árbol, una piedrita en el bolsillo son los tesoros que guardan quienes se vieron obligados a dejar su hogar.
Luis Alberto nació en Gualeguaychú, es bioquímico, profesor universitario y ha sido comisionado, en diferentes partes del mundo, como observador de Amnistía Internacional, una institución que se dedica a la custodia de los Derechos Humanos en casi todo el mundo. Su vida quedó atravesada por el exilio, desde entonces, sus preocupaciones y amores recorren miles de kilómetros. Su testimonio de vida es similar al de millones de personas en el mundo y nos recuerda un dolor hondo que aun golpea el pecho de decenas de miles de familias argentinas.
La juventud de Luis Alberto fue bella y comprometida. Su fe en el Dios que mira con especial amor a los pobres lo llevó a comprometerse con las injusticias del mundo. Después de un paso por el seminario conoció a Kelly, otra joven creyente en ese Cristo de la misericordia, con quien emprendieron una vida juntos en un barrio muy humilde de Paraná. No necesitaban hacerlo, ambos eran profesionales, hijos de clases medias. Pero lo eligieron, querían vivir con esas personas, que llamaban hermanos y hermanas, que no tenían la comodidad del asfalto, ni del plato de comida caliente garantizado. De allí fueron arrancados.
El exilio se convirtió en el único camino posible para preservar la vida después de haber estado cerca de la muerte y haber sobrevivido al horror de la tortura. Él y su esposa fueron secuestrados, detenidos y torturados en la capital entrerriana mientras ella cursaba su primer embarazo. Estuvieron desaparecidos. Ignoraban mutuamente si el otro estaba vivo, sólo la fe y el amor los salvó de la locura. Lo que es extraordinario no es que sólo hayan sobrevivido al infierno físico. Los torturadores no lograron quebrar sus almas, ni la bondad inmensa que vive en ellas.
Tras ser liberados salieron del país hacia Canadá con lo puesto: habían perdido todo. A pesar de haber trabajado en cuatro hospitales y una clínica, en el nuevo país no podían ejercer su profesión. Luis Alberto lavó platos y trabajó como obrero raso con pala y pico durante tres duros años. Casi un lustro después de haber llegado al norte de América, pudieron acceder a la universidad para actualizar sus títulos profesionales. Cuando la universidad no los tomaba, lavaron autos, vendieron aspiradoras, arreglaron bicicletas, limpiaron oficinas y Luis hasta se convirtió en marinero limpiador de barcos en el Ártico.
Como pudieron construyeron una hermosa familia y recobraron la risa. Se hicieron amigos de otros exiliados de Suramérica que escaparon del Plan Cóndor. Al volver la democracia, viajaron a su tierra, esa que han amado y llorado en proporciones iguales.
El poeta Leopoldo Marechal dijo una vez “La Patria es un dolor que aún no sabe su nombre”. Cuando preguntamos a Luis Alberto ¿Qué es la Argentina para vos? Su garganta se hizo un nudo que expresa esa historia. Gracias a éste, su testimonio, pudimos conocer los nombres de algunos de esos dolores, hondos, permanentes, que no debemos olvidar.
Hoy, que recobró fuerza el relativismo sobre el horror como un modo de negacionismo y donde se quiere imponer como política al olvido, la memoria se vuelve imprescindible. Allí es donde personas como Luis Alberto nos siguen diciendo que vale la pena entregar un pedazo de corazón a pesar de las injusticias.
La Mala ha sido un espacio que se propuso contar aquello que creemos importante, denunciar aquello que nos indigna y aportar a construir una memoria que nos haga mejores. Sin lugar a duda, esta entrevista ha valido la pena. Gracias Luis Alberto por tu tiempo y tus palabras. Recibimos estas palabras como quienes guardan en sus corazones un tesoro.
