“Esa bronca a mí me hace hacer cosas”. Escuché esa frase en un video, casi al pasar, mientras investigaba sobre los casos de cáncer que se multiplican en nuestra ciudad. Se me quedó grabada en el pecho porque entendí de inmediato de qué hablaba: no era resignación ni rencor, era la necesidad urgente de transformar la impotencia en trinchera y en motor.
A Don Cáncer lo conocemos todos. Es ese señor sombrío que camina por nuestras calles sin pedir permiso, que dobla en cualquier esquina de la manzana y se instala en la casa de enfrente, en la de al lado, en la propia. No discrimina linajes ni edades: tu mamá, tu abuelo, un hijo, una vecina. Parece tener una debilidad inexplicable por elegir a los más nobles, en tantos años de verle la cara, reconozco ese mismo patrón: junto con el diagnóstico se despierta también una dignidad luminosa, una necesidad feroz de dar batalla.
Desde que tengo memoria, mi vida transcurre en parte como acompañante en los pasillos del Centro Médico Oncológico. Primero de la mano de mi abuela, después sosteniendo a mi mamá, y con la certeza helada de que, en esta ruleta estadística que nos rodea, quizás algún día me toque a mí. Las salas de quimio no son antesalas de derrota: son templos de pura voluntad.
“Convivimos con el Parque Industrial, con las pasteras como vecinas, con la deriva de los agroquímicos flotando en el aire que respiramos y decantando en la comida que llevamos al plato”
Pero por alguna razón estamos enfermos, y ya no alcanza con resignarse al destino o a la mala suerte.
Como técnica, no puedo escindir el cuerpo del territorio. Nos rodea el silencio, pero también nos rodean las sospechas fundadas: convivimos con el Parque Industrial, con las pasteras como vecinas, con la deriva de los agroquímicos flotando en el aire que respiramos y decantando en la comida que llevamos al plato. Aunque el rigor científico exige cautela antes de señalar una única chimenea o un solo veneno, lo que podemos afirmar sin titubeos es la estadística del dolor: todos los días alguien empieza un tratamiento, todos los días alguien se nos va antes de tiempo.
La vida es un proceso finito, sí, pero que nos sea arrebatada a destiempo no puede convertirse en costumbre. Nuestros gurises tienen que estar corriendo en las plazas, no sentados frente a un goteo intravenoso.
“Vivir con miedo al agua que tomamos o al viento que entra por la ventana no es vida, pero fingir que no pasa nada es una forma de complicidad”
Somos demasiado permisivos frente a lo intolerable. Nadie es culpable de enfermar, pero sí somos responsables de lo que callamos. El sistema en el que sobrevivimos se mueve por lógicas políticas y económicas en las que la salud de las comunidades suele quedar en el margen de los costos asumibles. Tenemos el derecho y la urgencia de exigir respuestas serias, monitoreos reales, decisiones que protejan la vida. Vivir con miedo al agua que tomamos o al viento que entra por la ventana no es vida, pero fingir que no pasa nada es una forma de complicidad.
Este texto nace de la rabia, pero también es una ofrenda a los faros que alumbran el camino. A los médicos que con una mirada lúcida y templada son bálsamo en el momento del abismo, a todo el personal de salud que sostiene con nobleza lo que a veces parece insostenible, a los pacientes que regalan sonrisas donde sobra la incertidumbre, y a quienes ya no están, cuya memoria empuja a seguir.
A Don Cáncer lo conocemos demasiado bien. Es hora de dejar de esperarlo con resignación en la puerta de casa y empezar a disputarle el territorio. Queremos respuestas, queremos aire limpio y, por sobre todas las cosas, queremos vivir sin miedo.

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