MIRANDO AL CIELO

UNA HISTORIA DE CARNAVAL QUE VALE LA PENA CONTAR

El carnaval de Gualeguaychú es uno de los espectáculos más importantes del país. En cada edición, su altísimo nivel de competencia da lugar a tensiones, polémicas y entredichos. Por fuera de todo ese ruido hay una melodía profunda e íntima que resuena en corazón de miles de personas. De todas las historias de carnaval que conozco, esta es la más fuerte, por su dolor y su belleza. Con todo nuestro amor, un homenaje a Joel y a Fito.

Texto: Agustina Díaz | Fotografía: Joaquín García
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DOS SECUACES DE MOMO

Corría febrero del año 2009 y Gualeguaychú estaba encendida. Hacía más de una década que el Corsódromo había convertido a la ciudad en un punto de referencia para todos los amantes del carnaval. A la pasión de los propios por el tambor, año a año se sumaba más masivamente la alegría de los turistas.

En la comparsa de calle España los integrantes disfrutaban ser parte de “la aplanadora”, nombre que se ganó Marí Marí por sus muchos títulos obtenidos. Desde el año 2006, era el Club Central Entrerriano el que alzaba la copa como campeón, consagrándose por la belleza de sus propuestas. 

Ese la edición 2009, Adrián Butteri, por aquel entonces director artístico de Marí Marí presentó “Ivy Marey, tierra sin mal”, una historia que reflejaba la riqueza y resistencia de la cultura guaraní frente a la colonización, la esclavización y la aculturación.  

La comparsa era muy bella y tener un traje en la “supercampeona” un enorme privilegio que llenaba a los integrantes de orgullo y alegría. Entre ellos andaban Fito y Joel, hermanos y cómplices de aventuras. Amigueros como pocos, sus risas y bailes alegraban a todos los que los conocían. Ellos llegaban al patio para ranchear con toda la gurisada joven que estaba recién abriéndose camino en el mundo cautivante de los talleres, las plumas y los tambores. 

La pasión que sentían por el carnaval y su comparsa había sido parida en sus nacimientos. Lourdes y Rubén “El Negro”, sus padres, les habían transmitido el amor por la fiesta popular que había hecho crecer a Gualeguaychú y el resto lo hizo el aire del pueblo que huele distinto cuando la magia de Momo lo recorre. 

El carnaval es un momento excepcional para quienes lo viven con entrega. Los dolores y preocupaciones no desaparecen, ni se suspenden, ni se olvidan, simplemente se los baila. Es como una especie de resistencia, una forma de resiliencia para poder seguir adelante.

Por supuesto, por entonces, Fito y Joel lo vivían de otro modo. Eran apenas dos jóvenes de 20 y 18 años que disfrutaban con amigos reírse a carcajadas y bailar hasta que los pies sacaran ampollas. A donde andaban ellos iban las risas, ese don tan exquisito que tiene la gente sencilla y buena. Si alguien llegaba al patio y no tenía con quien esperar las largas horas antes de salir a escena, ellos manoteaban una silla y abrían la ronda para que nadie quede afuera ni se sienta solo. Por todo eso, no había duda de que eran de los secuaces predilectos de Momo.

Hay una canción de la comparsa que dice:

“Marí-Marí sos la alegría de mi corazón

Marí-Marí el carnaval será testigo de mi amor

Marí-Marí me late el pecho cuando canto tu canción

Marí-Marí quiero morir bailando, bailando esta noche para vos.”

Cuando en las previas en el patio de Central sonaba esa canción, Fito y Joel cerraban los ojos y se golpeaban el pecho, porque así de grande era la pasión que sentía y los unía tanto como la sangre. En esos pocos versos, la canción expresa el sentimiento de cientos de almas que saben que la alegría del carnaval es tan honda que dan ganas de que la vida se consuma allí, como si Dios nos permitiera elegir dónde pasar hacia la trascendencia. 

En su hambre por cosechar aventuras, los hermanos intercambiaban entre sí los trajes que la comparsa les asignaba. Alguno de los dos siempre salía perdiendo porque hay trajes con espaldares pesadísimos que cuestan llevar. Pero sin importar eso, la consigna era darlo todo por los colores de su comparsa y jamás desdibujar la sonrisa de su cara. Aquel verano, parecía ser un verano feliz.

ESA MADRUGADA, MOMO LLORÓ

El sábado 14 de febrero Joel no había salido a desfilar en la comparsa, pero Fito sí. Con el cuerpo cansado y acalorado por los 500 metros de un corsódromo estallado de público, el bailarín llegó al club para cambiarse y comer el sanguche que se les da a los integrantes. Era la madrugada del domingo cuando alguien fue a buscarlo y Fito salió corriendo del club.

A pocas cuadras de allí, en cuestión de segundos, Joel, de tan solo 18 años, había perdido la vida en un accidente de tránsito. La muerte siempre es dolorosa y repentina, pero cuando es una muerte tan joven es inasimilable

Pocas horas más tarde la ciudad se despertaba con la dolorosa noticia que desgarró el alma de Lourdes y Rubén. Dicen que no hay dolor más inmenso que la muerte de un hijo, que es un duelo que ni siquiera tiene nombre. Y también es inmenso el dolor de los hermanos que pierden a su cómplice y confidente y que ven en llaga viva el corazón de sus padres. 

BAILANDO, ESTA NOCHE, PARA VOS

La vida se había suspendido en la ausencia inmensa que dejaba Joel y su vida apenas iniciada. Era una despedida imposible para sus padres, hermanos y amigos que no podían calmar el dolor y la impotencia. 

Fito tampoco pudo y por eso armó su mochila y se fue a Central Entrerriano, habló con Adrián Butteri y pidió salir en el traje que esa noche le hubiera correspondido a Joel. Sus amigos estaban a su alrededor, acompañando con el silencio, con abrazos y con algún chiste tímido sobre alguna pavada, esos chistes que se hacen para que el tiempo transcurra más rápido.

Al llegar a la sala de maquillaje Fito apretó el puño y secó su rostro poblado de lágrimas. El maquillaje no ocultó lo que sus ojos contaban, pero cumplió el objetivo de dejarlo igual que al resto de sus compañeros de escuadras.

Al momento de ir a buscar el traje al taller de vestuario, su cuerpo tembló. Lo tomó entre sus manos y fue a cambiarse. Cada parte del traje fue puesto como un guerrero que va a una batalla transcendente, como quien enfrenta el destino con la frente en alto.

Y de repente Fito se encontró pisando la línea que marca el inicio del circuito mágico del corsódromo, aquel que ideó un día José Luis Gestro para que el carnaval no tenga los límites que le habían impuesto los cordones de las veredas y los cables del pueblo. 

La música de Marí Marí encendía al público que celebraba a su paso y Fito bailó como nunca jamás había bailado. Lloraba, no con las lágrimas de alegría y emoción que tantas veces inundan los ojos de los carnavaleros, sino con las lágrimas de quien homenajea en su danza a lo más sagrado.

Las lágrimas y la transpiración eran la misma cosa aquella noche en el rostro de Fito, aunque las treinta mil almas que disfrutaban el espectáculo no supieron de la danza sagrada ofrendada a Joel.

Los quinientos metros de pasarelas se agotaron y Fito pisó la línea de llegada. Había cumplido con su deber de hermano.

LOS JOELITOS

Las ausencias de las personas que amamos nunca dejan de doler, pero aprendemos a habitar el mundo con ellas. Seguir vivos y buscar la felicidad es el camino que esas ausencias nos marcan para que el tránsito por este mundo valga la pena hasta que nos reencontremos. La vida y quienes no están se las ingenian para allanarnos ese recorrido.

Al tiempo del accidente de Joel, la familia Hernández creó la murga tradicional “Los Joelitos” que aún desfila en el corso barrial y popular llamado “Matecito”. Su desparpajo de telas brillosas y cornetas le han valido, incluso, el primer premio y cada edición el nombre de Joel baila entre el calor, la espuma y las alpargatas gastadas. 

Fito sigue habitando como integrante o amigo de previa el patio de Central. Allí sembró una historia de amor con Florencia y juntos cosecharon hace algunos meses la vida del pequeño “Lolo”, un bebé hermoso que, como no podía ser de otro modo, ya conoció el patio mágico del club. Compartir el don de la amistad con él es un privilegio que, por suerte, muchas personas tenemos.

Muchas historias semejantes están entretejidas entre las lentejuelas y caireles del gran carnaval. Nadie conoce a ciencia cierta los amores, dolores y vicisitudes de esos cientos de almas que le ponen el cuerpo a los trajes de las comparsas. El espectador ignora la batalla del guerrero que integra las huestes alegres de Momo. 

El folclore de las peleas y la competencia, los chumeríos que se cuelan entren las plumas y los comentarios picantes en las redes sociales se hacen nada frente al sentir popular que sostiene viva la llama.

En el firmamento que sirve como cúpula del templo carnavalero, se entremezclan las estrellas de las personas que hemos amado y admirado. Allí arriba está también Joel. Y aquí abajo estamos nosotros, un puñado de locas y locos que dejamos escapar las lágrimas entre el maquillaje para que se nos mezcle con la transpiración. Y en esa transmisión que se continúa y que es parida junto a nosotros, así será como un día Lolo cantará en honor a su tío carnavalero y celestial:

Porque late en mi piel tu corazón
porque tengo en el pecho
bordado tu nombre de roja pasión
porque llevo en el alma, tu tradición.

A la memoria de Joel,

A la amistad de Fito.

Gracias Candela, Tato y Víctor por ayudar a tejer estas palabras

¡Qué viva el carnaval!