Algunos domingos por la mañana mi padre me llevaba hasta el puente ferroviario de la calle Ituzaingó para “tomar vapor”. Las visitas a ese lugar servían para que inhalara el humo que expulsaban las máquinas del ferrocarril. Muchos años después supe que la exposición de los niños a los vahos de las locomotoras no era una excentricidad de mi viejo, sino una costumbre mundial. Se decía que el humo de las locomotoras hacía bien a las vías respiratorias y que esos vapores prevenían la tos convulsa o coqueluche, una enfermedad infecciosa altamente contagiosa.
Hacia el puente, y buscando efluvios sanadores, peregrinaba semanalmente un número considerable de vecinos de La Boca, Barracas, Parque Patricios y San Telmo. También lo hacía Jorge Luis Borges, a quien le fascinaba el movimiento de los trenes que entraban y salían de Constitución. En esas visitas aspiraba el vaho de las locomotoras y atesoraba nuevas creaciones como el poema Mateo, XXV, 30: “El primer puente de Constitución y a mis pies/ Fragor de trenes que tejían laberintos de hierro/ Humos y silbatos escalaban la noche”.
Enclavado en el límite entre Constitución y Barracas, y construido en Liverpool, el Puente Ituzaingó o “De los carros“ fue habilitado en 1927 sobre las vías del Ferrocarril Roca, reemplazando a un paso provisional anterior. Su estructura, de hierro y acero, 80 metros de largo por 10 de ancho, posee una calzada adoquinada que aún conserva las vías del tranvía 43.
Las marchas al puente que hoy lleva el nombre del escritor cesaron en los años 60 cuando la legendaria flota de locomotoras a vapor fue reemplazada por las Diesel y el tren eléctrico.
La ciencia actual ha impugnado el carácter benéfico de los vahos de las locomotoras erradicadas por contener monóxido de carbono tóxico y partículas finas causantes de irritación, inflamación y enfermedades respiratorias. Sin embargo, los partidarios del viejo tren dicen que el “humo“ visible es vapor de agua “inocuo, aliado de la humanidad y que dicho efluvio provoca relajación, mejora el ritmo cardíaco y circulatorio, dilata los bronquios, purifica todo el organismo y desintoxica la piel”.
En las últimas décadas del siglo XX comenzó la vacunación contra el coqueluche en la Argentina. Pero, la proliferación de los discursos antivacunas, la falta de inversión en salud y las escasas campañas de vacunación por parte del Estado nacional tuvieron consecuencias concretas y peligrosas: el desplome de los índices de vacunación entre los más chicos.
También hubo una retórica exitosa a favor de la privatización y del desmantelamiento de los ferrocarriles que prosperó, extinguiendo ramales y servicios. Antes de ello el puente de la calle Ituzaingó contempló el ocaso de las locomotoras con vahos “purificadores” cuya toxicidad ignoraban nuestros padres. Hoy, bajo la centenaria estructura del Borges, la playa de maniobras de la estación Constitución todavía alberga trenes empecinados en sobrevivir en medio de estos tiempos de persistente crueldad.
