¡Justo el pelado me toca de vecino! Tiene cara de tipo insoportable. ¿Y los otros? ¿De qué hablo con éstos? Que me impongan una mesa con gente desconocida me predispone mal. A los cantores se los junta por la tonada.
Nadie dice nada hasta que el flaco de la derecha abre la boca, despeja con la lengua un pedazo de empanada y pregunta al aire de dónde lo conocen a Lazcano. No sé si me lo pregunta a mí, me doy por aludido, pero el de los bigotes de golondrina responde rápido que del barrio. No recuerdo muy bien de dónde lo conozco. Posiblemente del taller adonde llevaba el 1500, pero no estoy seguro.
Chalequito no abre la boca, juega con un llavero, debe estar más incómodo que yo. Saco azul dice que de la primaria. Puede ser, aparenta una edad cercana a la de Lazcano. El pelado no contesta; pero ahora me parece que lo tengo visto de algún lado. Lo miro con disimulo, trato de escarbar debajo de la piel y ver algo que me brinde una pista y permita ubicarlo en alguno de los pocos lugares que frecuento.
Veo que todas las otras mesas son mixtas. Eso hace más llevadero el momento, las mujeres tienen más iniciativa para la charla. Suelen proponer temas interesantes. Además, se nota que se conocen.
En esta mesa, no se sale del aumento de la nafta y la disparada del dólar. Suena como si estuviéramos loopeando con la grabación del noticiero. Miro los ventiladores de techo para distraerme y hacer más corto el tiempo en esta situación pantanosa en la que nos mantenemos desde que trajeron la bandeja de piononos.
El flaco de la derecha se inclina hacia delante estirando el brazo con una botella de soda. La ofrece a todos. Pasala, dice el Pelado. Dice «pasala». No dice yo quiero o servime, ni pide por favor. Y ahí lo veo al pelado. Su imagen me aparece de golpe. Con más pelo y ya no de saco y corbata, sino con una remera verde. Transpirado lo veo. Trato de ajustar la imagen y ubicarlo en contexto. Con más pelo, o sea mucho más joven. Transpirado, pero no trabajando; nunca trabajé con el pelado éste. Y con remera verde. No, no es remera, es camiseta. Y ya no dice pasala, ya no se lo dice al flaco de la derecha. Ahora me lo dice a mí. No dice: me grita que la pase. Ahora sí, reconstruyo toda la fotografía. El pelado y yo en la cancha de futbol 5, con las mismas camisetas verdes, el pelado prepotea. Corre toda la cancha, ataca, defiende. Transpira mucho y juega muy fuerte.
Ahora, chalequito hace algo nuevo. Emite un resoplido o algo así. Parece que se ríe. Sí, ahí abre la boca. Cuenta que una vez lo surtió Lazcano. “Me surtió Lazcano” eso es lo que escucho. Los demás también, porque paran la oreja. Que cuente cuándo pasó eso. Cuándo fue que lo surtió Lazcano. Chalequito deja el llavero y sigue contando que fue en La Redondita, jugando al fútbol 5. Dice que Lazcano se iba con la pelota, que era imparable y que le tocó frenarlo. Que Lazcano se levantó del piso y le tiró un cross. Me sangró mucho la nariz, dijo y volvió a resoplar.
Jugaba muy bien Lazcano, recordó bigotito de golondrina. Saco azul confirmó asintiendo con la cabeza. ¿Así que vos también fuiste de su equipo? Me dice que no, que de su equipo no. Que siempre le tocó enfrentarlo y que Lazcano se le escabullía.
¿Será que todos los de la mesa en algún momento compartimos cancha con Lazcano? Logro despegarme un poco más del momento empastado, me acomodo mejor en la silla y pregunto quién tuvo el privilegio de jugar en el mismo equipo con el de cumpleaños.
La pregunta da vueltas por la mesa y cada uno va diciendo que no, que siempre les tocó tenerlo de contrincante. Que les daba mucha bronca, porque todos defendían. Todos defendíamos y Lazcano era una liebre, se escurría, perforaba nuestras defensas. Llegaba solo a la red. Y siempre lo mirábamos con bronca porque había que pararlo.
Lazcano charla en otra mesa, del otro lado de la fiesta. Ahora se pone de pie, nos mira como para venir a saludarnos y atraviesa el salón rengueando sobre la pata izquierda, la que antes fue su mejor lujo en las canchas.
