ESTILO CRISIS, CAPÍTULO MIL

ROPA POR KILO: UN NEGOCIO QUE CRECE MIENTRAS LA INDUSTRIA LOCAL CAE

El auge de la ropa usada importada reconfigura el consumo, abre salidas laborales y al mismo tiempo golpea a cooperativas y productores locales. Dos voces de Gualeguaychú exponen una tensión que cruza economía, ambiente y trabajo.

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En ferias, locales y redes sociales, la ropa de fardos se multiplica como una solución rápida y barata frente a bolsillos cada vez más ajustados. Millones de prendas usadas (y hasta nuevas) que llegan en grandes bolsones desde el exterior (principalmente desde Chile) se venden por kilo, por lote o por prenda, alimentando un circuito comercial que crece a ritmo acelerado en toda Argentina. Pero, atrás de esta aparente “economía circular” se abre una discusión mucho más compleja.

El boom de la importación de ropa usada no sólo cambia la manera en que se consumen estos productos, sino que también impacta de lleno en la industria textil nacional, afectando a cooperativas y pequeños productores locales, y creando interrogantes ambientales difíciles de esquivar: ¿es reciclaje o descarte global disfrazado de precios bajos?

Mientras algunas personas ven en los fardos una forma de acceso, trabajo y subsistencia, otras advierten sobre el colapso de un sector productivo (históricamente golpeado) y un traslado del daño ambiental de otros países al nuestro.

En esta nota, dos voces de Gualeguaychú nos permiten asomarnos a esa tensión: la de quien sostiene la producción textil local desde una cooperativa y la de quien encuentra en la venta de ropa usada importada una alternativa laboral. Entre el precio, el impacto ambiental y el trabajo, la pregunta que más resuena es: ¿quién gana y quién pierde con la ropa usada importada?

“VENDER FARDOS TAMBIÉN ES TRABAJO”

Desireé empezó a vender ropa de fardos hace tres años, cuando todavía lo hacía desde su casa y a través de Facebook. El local abierto al público en Gualeguaychú llegó mucho después, hace apenas dos meses. “Arrancamos con un fardo solo. Lo traía, lo abría y lo vendía desde casa. Actualmente, vendemos al público y también fardos cerrados para ferias”, contó, en diálogo con La Mala.

Inicialmente, llegó a descubrir esta modalidad de comercio gracias a un contacto: “Conocí a una chica en Buenos Aires que ya trabajaba con fardos. Me gustó la ropa, la calidad, y empezamos. Primero uno, después otro”, explicó. Los bolsones llegan desde Chile, pasan por Jujuy y se comercializan a través de contactos que se mueven, principalmente, por redes sociales.

Los precios de los fardos varían según el contenido: van desde los $490.000 hasta los $870.000. “Depende de la ropa que traiga adentro. Hay fardos deportivos, que son los más caros, y otros con ropa de hospital, ropa de casa, sábanas, toallas. Cuando hay muchas marcas sube el precio”, detalló la vendedora.

Se pueden adquirir fardos de diferente calidad, con ropa más o menos nueva; de marcas reconocidas o no

Desafortunadamente, no toda la ropa que llega se vende. Desireé aclaró que los fardos vienen clasificados por calidad. “Los de primera casi no traen descartes y los de segunda pueden traer ropa sucia, para lavar, para coser, sin etiquetas”. Pero, ¿qué pasa con lo que no sirve? Según la emprendedora, “se dona o se arregla, siempre se busca darle salida”. 

Para ella, la venta de ropa a través de esta modalidad es una salida laboral rentable en un contexto económico difícil, además de una oportunidad para quienes compran frente a un mercado de indumentaria nueva cada vez más inaccesible.

“Hay fardos deportivos, que son los más caros, y otros con ropa de hospital, ropa de casa, sábanas, toallas. Cuando hay muchas marcas sube el precio”

“COMPETIR CONTRAS ROPA QUE YA FUE DESCARTADA ES IMPOSIBLE”

Del otro lado del conflicto está Rubén, integrante de la cooperativa textil El Nuevo Comienzo, de Gualeguaychú. La cooperativa se dio de alta en noviembre de 2019 y comenzó a trabajar formalmente en marzo de 2020, en plena pandemia. “En los primeros dos años nuestros principales productos fueron insumos sanitarios: barbijos, sábanas y algunos arreglos chicos”, contó.

Con el tiempo, lograron sostenerse y crecer. Entre 2021 y comienzos de 2025 trabajaron de manera constante con una distribuidora de Paraná, confeccionando camas para mascotas. “Ellos mandaban los insumos y nosotros hacíamos el corte y la confección. Ese proyecto terminó cuando la empresa decidió parar la producción”, explicó. 

A lo largo de estos años, la cooperativa fue incorporando maquinaria gracias a programas del Gobierno nacional y créditos. Eso les permitió mejorar la calidad de sus productos y proyectarse a nuevos mercados. Hoy, confeccionan ropa deportiva junto a empresas de sublimado textil. “Ellos subliman y nosotros hacemos la confección”, explicó Rubén.

Los precios de los fardos que llegan desde Chile oscilan entre los $490.000 y los $870.000

Sin embargo, el escenario cambió drásticamente: “Antes de la apertura de importaciones, las grandes marcas que vendían en Argentina tenían que producir acá. Lo hacían a través de talleres como el nuestro, en todo el país”, señaló Rubén. La cooperativa llegó a trabajar para una marca deportiva de Buenos Aires que les enviaba camperas para confeccionar. “Eso se terminó. Pasó a cero”, lamentó. 

La apertura indiscriminada de importaciones, sumada al ingreso de ropa usada, golpeó de lleno al sector. “Hoy entra ropa por bulto cerrado desde China a precios imposibles de competir, y ropa usada desde Chile diez veces más barata todavía. Así es directamente imposible”, afirmó Rubén.

Actualmente, la cooperativa sobrevive en un único nicho: la ropa personalizada, pero “las ganancias son muy ajustadas, por la competencia”. En su cooperativa, llegaron a ser 14 personas, entre asociados y programas de entrenamiento laboral para personas con discapacidad. El retroceso del sector es evidente: “2025 fue un año récord de importación de ropa y calzado, por la baja de retenciones y la apertura a la ropa usada, que antes estaba prohibida”.

“Hoy entra ropa por bulto cerrado desde China a precios imposibles de competir, y ropa usada desde Chile diez veces más barata todavía. Así es directamente imposible”

¿EN QUÉ QUEDAMOS?

Entre la ropa que llega en fardos y la que se produce localmente no hay una grieta simple ni respuestas cómodas. En el medio conviven trabajos que se inventan para sobrevivir, cooperativas que resisten con márgenes cada vez más chicos y un Estado que aparece (¿aparece?) más como espectador que como regulador. En el medio: crisis y más crisis.

La ropa usada importada circula, se vende y se compra porque responde a una necesidad real. Pero también expone un modelo que desplaza a la producción nacional, traslada residuos que se generan en otro lado y redefine qué vale y qué se descarta. En ese cruce, las historias de Desireé y Rubén no se anulan, se superponen, se tensionan y obligan a mirar más allá del precio.

El debate sigue abierto. No sólo sobre cómo vestimos, sino sobre qué tipo de trabajo, de industria y de ambiente estamos dispuestos a sostener.