“Cuando entres no hagas ruido, porfa”, notita pegada con cinta de papel junto a la cerradura. Un aviso, una señal módica para afuera, o tal vez también para adentro.
Allí hay un cuarto en penumbras y un hombre bajo un embudo de luz. Desliza las manos sobre un rectángulo de papel, el chorro de la lámpara rebota contra unos trazos renegridos que se van estampando sobre la superficie blanca. Hay una radio con el volumen muy bajo; alguien que habla a través del parlante, dice la hora, habla del fin de semana largo que se acerca, algunas otras cosas más y de tanto en tanto, una canción.

El hombre que dibuja no levanta la vista. Del blanco del papel se desprenden recuadros, cada uno envasa rostros, siluetas, paisajes de calles y veredas con árboles. En un ángulo de la hoja hay una esquina y un auto que dobla a mucha velocidad. Parece que es muy rápido, porque el tipo ahora dibuja letras sobre el empedrado, las sombrea con corrector líquido, “¡Skreeech!”.

El hombre sube un poco el volumen de la radio, ya no está el que hablaba y suena una voz grave que canta en italiano. Enciende un cigarrillo y se mueve por la habitación. “Cuando dibujábamos con lápiz, el momento de sacar punta y afinar la mina nos daba tiempo para alejarnos y dar una mirada reflexiva al trabajo”, solía contar el dibujante Enrique Breccia. “Ahora, con el lanzaminas, perdimos esa pausa”. Algo de eso ocurrió también con la escritura cuando se pasó de la birome y el cuaderno a la máquina. Hay por ahí pilas de hojas con los márgenes florecidos, llenos de volutas, culos, espirales cuadrados y “B” tridimensionales, bien panzonas. Y así, hasta que surgían la primeras ideas y oraciones.

“Despertame antes de las 7”, la segunda nota pegada en el espejo del baño, por si regresa tarde. El papel sigue pegado, bien amarillento y con dos ángulos que comenzaron a curvarse. El hombre tira la colilla al inodoro y la sepulta con una meada morosa. El de la radio volvió a hablar, actualiza la hora, comenta algo sobre los vientos y la humedad, arriesga un pronóstico. Los dedos hacen girar la perilla hacia la izquierda y ahora apenas se escucha un murmullo. Vuelven a tomar el portaminas.
El auto que dobló en la esquina se desestabilizó un poco, nuevos chirridos de los neumáticos acompañan el movimiento. En la viñeta siguiente, los árboles se pierden entre el humo del escape. El dibujo exagera un poco; no pasa nada, son licencias que un director de cine no podría tomarse.

El auto se detiene, la puerta del acompañante se abre. Un hombre robusto corre por el medio de la calle, se lo ve de espaldas, un gabán que toma vuelo y la suela del zapato izquierdo que apenas toca los adoquines. Alguien lo observa desde la mira de una pistola. Los trazos de grafito se concentran para destacar el pavonado del arma. Hay muchos detalles de la 9 mm en una perspectiva difícil, el sujeto que corre casi pasó a ser fondo y la Smith & Wesson quedó en primer plano. Un poco de goma de borrar sobre algunas marcas y a desprender las chinches que sujetan el papel.
La segunda hoja arranca con disparos. “¡Crack!, ¡Crack!”. El dibujante es un hombre advertido, sabe que con Oesterheld, las balas dejaron de sonar “Bang”. Ahora, el sonido es más metálico, mezcla la deflagración con el golpe de la corredera. La onomatopeya imprime un efecto de cercanía a la explosión. Parece que los dos plomos pasaron de largo, sin tocar al hombre que huye. En el cuadro siguiente se lo ve con las espaldas pegadas a una pared. Las líneas del dibujo se detienen en los ojos bien abiertos, remarcan los pliegues de la frente. Dos gotitas de sudor titilan en un claroscuro de callejón. El tipo de la pistola avanza lentamente, camina con las rodillas bien dobladas, casi agachado. Pensará que el otro no pudo haber llegado muy lejos.

“Mi amor, no olvides cargar las botellas de agua”, ruega otra nota fijada con imán a la puerta de la heladera. El hombre deja el portaminas sobre el granito de la mesada y abre la heladera. La luz interior muestra tres botellas vacías, acostadas y dos cubeteras. Hay algunos alimentos, pero el hombre sólo se detiene en la cubetera, saca tres cubitos y los suelta dentro de un vaso. Vuelve a tomar el lanzaminas y regresa a su trabajo sobre el tablero. Escuchó pasos por el pasillo, algún vecino que regresa de trabajar.
En la segunda viñeta, el motor de una camioneta distrae al hombre de la pistola. Se apura a esconder el arma entre la ropa. Camina con paso decidido, el otro aprovecha para salir de la sombra del callejón. Junto a la mesa del dibujante la radio ofrece el gemido de una guitarra, una voz desgarrada grita un blues. El hombre vuelve a subir el volumen.
El tipo de la pistola se mete en la puerta de un edificio. Es de noche, allí debe vivir gente muy confiada porque la mantienen abierta. Adentro no hay rastros del hombre del gabán. Mira hacia el interior y vuelve a salir.
Las manos que dibujan trazan un picaporte que se mueve, las bisagras giran en silencio y el hombre que huye traspasa la puerta abierta. Hay un largo pasillo y una voz, puede ser Robert Johnson o bien Howling Wolf. “Oh yes! Igot rambling on mi mind…” dice la canción. El tipo que huye está demasiado atento a salvarse y salir de esa situación, no la escucha.

El interior del edificio requiere poco dibujo, muchos rectángulos negros y unas rayas de claridad que asoman debajo de las puertas. El hombre se oculta bajo la escalera. Parece un buen lugar para aguantar hasta que se cansen de perseguirlo. El dibujante pone un poco de energía en los puntos que va distribuyendo sobre el siguiente recuadro, parece que afuera llueve. Mueve la cabeza y chapucea “Raining daun to the steishon…”, con un acento anglosajón que debe haber copiado de alguno de sus personajes.

Se ve que el escondite no era muy bueno, unos pasos se acercan. El tipo que acecha hace unos movimientos con la cabeza, mira acá, mira allá; así lo indican las líneas cinéticas que acaba de estampar la punta de la mina. Vuelve a sacar la pistola y se lanza por las escaleras. Si fuera cine, ahora se vería un ángulo nadir y mucho efecto de sonido, pero el dibujante se arregla con un puñado de onomatopeyas y el rulo que simula las barandas en caracol fundidas en un halo de luz descendente. Hay nuevos “¡Crack! ¡Crack!”, se repiten.

Ahora hay silencio en el pasillo. Se acercan unos pasos leves de mujer. Sus huellas dejan gotas de agua al pasar. Apoya un bolso en el piso, saca una llave, pero la cerradura no está trabada. Entra cuidando no hacer ruido, como indica la nota de la puerta. Ingresa, acomoda algunas cosas desordenadas, todo en silencio. Sobre el tablero de dibujo se desliza un hilo de sangre que gotea en el parqué. Ella entra al baño, se mira las ojeras en el espejo y descubre la otra nota, la que le dejaron por si llegaba tarde.

