¿ES SÓLO UNA CUESTIÓN DE LA EDAD BIOLÓGICA?

MÁS ALLÁ DE LA IMPUTABILIDAD: LA NIÑEZ, ¿DERECHO O PRIVILEGIO?

El Senado de la Nación convirtió en ley el nuevo Régimen Penal Juvenil y la baja de la edad de imputabilidad a los 14 años. Durante las semanas previas se discutió cuándo un niño deja de serlo. La palabra de la psicóloga infantil Constanza Gueglio. “La responsabilidad final de la garantía de los derechos de las infancias le corresponde siempre al Estado”, sostiene.

Texto: Zul Bouchet | Fotografía: Analía Devalle
Publicidad

La fruta fresca recién cortada, el yogurt con cereales y la mochila lista en la silla vacante son espectadores del niño que se refriega los ojos sonriendo tras haber sido levantado por las suaves caricias de su mamá. Cumplió 8 años hace una semana. En la casa contigua, una niña prepara leche con tostadas para sus dos hermanos, tiene que llevarlos a la guardería antes de ir a la escuela. Cumplirá 8 en un mes. La misma edad que ese chico que se cruza todos los días a la vuelta de la esquina, al que reconoce con ojos tristes. Un día le preguntó a qué grado iba y él respondió a ninguno, a esa hora trabaja. Les contó a sus compañeros de aula, minutos después siguieron jugando a la escondida. Hoy alguien cumple 8 y tendrán pastel.

LA INVENCIÓN DE LA INFANCIA

Ayer, el Senado de la Nación convirtió en ley el nuevo Régimen Penal Juvenil y la baja de la edad de imputabilidad a los 14 años. Durante las semanas previas se discutió, muchas veces como se discute el pase de un jugador de fútbol de un equipo a otro, cuándo un niño deja de serlo y cuándo llega al desarrollo intelectual para entender la gravedad de ciertos delitos.

Ahora bien, en medio de debates que cuestionan, dudan y condenan, es fundamental recordar (nos) que la niñez no es un estado natural, sino una construcción social. En este marco, La Mala dialogó con la psicóloga infantil Constanza Gueglio para comprender qué pasa con lo psíquico y lo social cuando toca “hacerse adulto”. 

A menudo hace falta recordar que las categorías biológicas no siempre coinciden con las psíquicas. La pubertad suele marcar cambios físicos irreversibles, pero es durante la adolescencia cuando se da el proceso mental más profundo: el cuerpo infantil se pierde bajo un ¿quiénes somos?

En ese tránsito, la sociedad establece fronteras que no devienen del azar. Dice Gueglio: “la idea de niñez, adolescencia, juventud, son todas construcciones sociales. Son consensos a los que hemos llegado entendiendo que la vida se diferencia en etapas”.

Aunque la Convención Internacional de los Derechos del Niño establece el límite en los 18 años, Gueglio advierte que no hay categorías fijas: “no existe una manera única de ser niño o niña, sino que va a depender del contexto, de las prácticas culturales, de la historia y de los consensos de cada sociedad”.

Siguiendo esa lógica, quien tiene la fortuna de realizar sus cuatro comidas y quien con suerte logra cenar día por medio habitan la misma edad cronológica, pero se encuentran bajo mundos simbólicos completamente distintos.

¿ES FACTIBLE MEDIR A TODOS CON LA MISMA VARA?

Es necesario mirar hacia adentro para entender la responsabilidad subjetiva, exigirle a un adolescente una comprensión que su biología aún no puede procesar puede resultar inviable teniendo en cuenta que atraviesa aún un proceso de desarrollo.

La ciencia ha aportado una evidencia contundente, señala Gueglio: “hoy sabemos que el cerebro, y particularmente la corteza prefontal, que es la encargada de las funciones ejecutivas, no termina de desarrollarse hasta aproximadamente los 25 años”. Un área que debe tenerse en cuenta ya que “en la niñez, pero también en la adolescencia, todavía las personas no tenemos las mismas habilidades que tendremos en la adultez respecto a el control inhibitorio, a la regulación de los impulsos, la regulación de las emociones, a la planificación y también a la evaluación de las consecuencias de nuestros actos”, afirma la psicóloga infantil.


Actualmente, el ritmo propio del crecimiento tiene jugando en su contra a un entorno que no construye a largo plazo. La cultura del like y el consumo rápido en redes sociales bombardea constantemente, generando frustración, deseos y expectativas que no siempre se pueden cumplir. Quien transita la adolescencia, con un cerebro que naturalmente es impulsivo, se encuentra enredado en un sistema que le exige y lo incentiva a obtener satisfacciones inmediatas, eliminando el tiempo de reflexión necesario para comprender cuales son las consecuencias reales, las prohibiciones explícitas y las cuestiones que implícitamente encajan en los parámetros de “bien o mal”.

EL CUIDADO COMO CONDICIÓN DE POSIBILIDAD

Para transitar el espacio entre lo biológico y lo social, que implica crecer, el entorno debe ofrecerle al sujeto algo más que vigilancia: debe brindar cuidados. Las figuras adultas se vuelven vitales, indica Gueglio, para que se garanticen las condiciones para obtener la autonomía progresiva.

“Lentamente niños y niñas van tomando de forma autónoma mayores decisiones sobre sí mismos y sobre sus entornos. Esto no significa que en todo el tiempo anterior no tengan voz (…) pero sí hay temas concretos en los que las personas adultas trazamos consensos respecto a cuándo pueden responsabilizarse sobre ciertas acciones y cuándo aún no, por el momento del desarrollo en el que se encuentran”, explica la psicóloga.

El problema surge cuando el Estado o el entorno fallan en esa protección, cuando un niño o niña debe postergar su juego para criar a otros, cuando debe postergar su educación para salir a trabajar y colaborar con el hogar o cuando naturaliza comer (con suerte) una vez al día.

“Ser adolescente, la posibilidad de serlo, está ligada a la posibilidad de tener personas adultas que se estén ocupando de que yo pueda ser adolescente, que pueda ser niño o niña. La responsabilidad final de la garantía de los derechos de las infancias le corresponde siempre al Estado”, indica Gueglio, en este sentido.

“La identidad siempre está relacionada al contexto porque se construye en función de los entornos en los que crezco”

La adolescencia es un lujo, cuando los cuidados se hacen en soledad, cuando el sistema expulsa o cuando el hambre apremia. La madurez no implica inevitablemente “hacerse adulto”, ni adquirir capacidades para decidirlo todo, es más bien: sobrevivir. Es una maduración de supervivencia, que no puede comprenderse con la misma vara que se entiende una madurez civil que recibió apoyo para poder desarrollarse.

SOMOS LO QUE EL CONTEXTO NOS PERMITE

La identidad no es un proceso solitario, se construye “en espejo”. Durante la infancia el reflejo lo devuelven los cuidadores y en la adolescencia se traslada a los pares. El “quien soy” depende de quienes me abrazan en los primeros exámenes con nota baja de la primaria, en quienes aplauden cuando gana mi equipo, en las palabras que nadie me dice cuando algo me duele, en el silencio de la casa cuando la mesa nunca ve dos platos vaciándose a la vez. El espejo está inevitablemente marcado por el territorio que nos toca habitar.

Gueglio es enfática en este punto: “Obviamente, no es lo mismo crecer en un contexto rural o urbano, en la pobreza o en un entorno con todas las condiciones materiales garantizadas. La identidad siempre está relacionada al contexto porque se construye en función de los entornos en los que crezco. La diversidad de formas de ser niño, niña y adolescente es deseable, siempre que esa diversidad no signifique inequidad: sea cual sea mi contexto, debería tener los mismos derechos garantizados que mi vecino de la puerta de al lado, y el que vive en la otra punta del país. En esos entornos se aprenden los códigos: qué es aceptado, qué es valorado y qué es necesario para pertenecer”.

Gueglio destaca, además, que el Estado tiene un rol fundamental, no sólo en garantizar condiciones, sino en desarrollar acciones de restitución cuando esos derechos se ven vulnerados. Es ahí donde el mundo adulto debe responder.


Si los derechos básicos —educación, salud, juego— no están garantizados, el proyecto de vida se acorta. La «elección» individual, en contextos de vulnerabilidad extrema, es una libertad condicionada. Los derechos están, indica Gueglio, directamente asociados a las posibilidades. “Sabemos que es muy difícil acceder a un empleo formal sin haber terminado la educación secundaria, o evitar un embarazo adolescente si no se accede a educación sexual integral”, enfatiza.

EL DERECHO A LA PRUEBA Y TAMBIÉN AL ERROR

Por definición, y un poco por inercia, la adolescencia termina siendo el espacio para la prueba y el error. Es un periodo marcado por la experimentación y la creatividad, un collage de identidades en movimiento bajo la seguridad de saberse cuidado por otro. “Es un periodo que lo marcamos distinto de la adultez porque sabemos que hay muchas idas y vueltas”, comenta la profesional entrevistada por La Mala. Por eso mismo, la capacidad de comprender las consecuencias de los actos no se despierta a través de las leyes y los sermones, sino a través del tiempo y la protección.

Si volvemos a los niños del principio, lo que los diferencia no tiene que ver con edades ni documentos, sino por la red que los sostiene o los abandona. Quizás, antes de ver o pensar cuándo un niño comienza a ser adulto, deberíamos preguntar si todos gozan de su derecho a ser niños.

Para que alguien pueda hacerse responsable de su propia vida, primero debe tener la garantía de que su vida le pertenece. Sin cuidados y contención es difícil aprender a decidir.