APRENDIZAJE, AUTONOMÍA Y SALUD

LA ESCUELA, LOS SOLDADOS DE TIK TOK Y UN DESAFÍO QUE SE RENUEVA

Inicia el ciclo lectivo 2026. Mientras las pantallas proporcionan cada vez más placer inmediato (sumado al reinado del Chat GPT), el aula sigue siendo el cara a cara. Pero también el refugio desde donde pensar y accionar. ¿Qué hacen nuestros pibes con tanta pantallita? ¿Qué hacemos los adultos? ¿Son las pantallas el problema o cómo las usamos?

Texto: Mauricio Amaya | Ilustración: Diego Abu Arab
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“¿Ya terminaste?”, le pregunta la profe a Guada, estudiante de quinto año de una secundaria pública de la periferia bonaerense. La consigna para el grupo es armar una red conceptual a partir de un texto que cada uno produjo sobre una problemática ambiental. Ella guarda el celu y responde: “No profe, ¿qué es lo que hay que hacer?”. 

La escena sugiere una clara polarización, entre la prohibición y la búsqueda de un uso integrado: ¿Qué sucede con los celulares en el aula? ¿Lo resistimos? ¿Lo resignificamos como herramienta? ¿Cómo saber qué uso le van a dar los estudiantes? ¿Qué uso le damos los docentes y los adultos? ¿Podemos exigir algo que no damos? Lo cierto es que, en el aula, el día a día, se dirime a los ponchazos.  

Si bien en algunas provincias se prohibió el uso de celulares en las primarias y se limitó a que sea “solo para fines pedagógicos” en las secundarias, es una discusión llena de matices. 

Guada se apura a hacer la tarea, la termina y ya está liberada: vuelve al celu para mirar Tik Tok. Cerca de ella, Marcos le pregunta a la IA qué escribir.

EL TIEMPO DE LA ENSEÑANZA VERSUS EL DE LA CULTURA DIGITAL

No se trata solamente de dispositivos dentro del aula, sino de lógicas que disputan la atención, el deseo y el sentido de lo que ocurre en ese espacio. Para muchos docentes, sostener una clase implica hoy disputar la atención con un flujo constante de estímulos diseñados para no soltarnos. 

El contraste performativo de lo que puede ofrecer un docente y lo que genera internet es muy desigual. Entonces, la grieta: prohibimos o regulamos. No hay “un método” pedagógico. Hay estrategias, búsquedas, experimentos, perspectivas, que se trazan y a veces funcionan y otras no.

En CABA, donde se prohibió el uso en las primarias, el Ministerio de Educación hizo una encuesta en la que participaron 4.082 estudiantes de tercer año, 150 docentes y 40 directivos de 50 escuelas secundarias, tanto públicas como privadas: casi el 60% de los estudiantes afirmó que el principal cambio que experimentaron fue prestar más atención en clase. Además, el 47,4% señaló que conversa más con sus amigos, el 41,3% indicó que se aburre más, el 22,9% manifestó sentirse más tranquilo y el 17,5% dijo que juega más con sus compañeros.

España, Australia y algunos otros países establecieron legislaciones que prohíben el uso de redes sociales en menores de 16 años. La discusión respecto al uso en las escuelas va por la misma vía: Portugal y Francia los prohibieron y España hizo lo propio en algunas regiones. Según sus conclusiones, hubo “reducciones notables en la incidencia del acoso escolar entre adolescentes”, entre otros beneficios.

Gil María Campos, presidente de Desempantallados, una asociación que trabaja “para frenar la digitalización descontrolada” en las escuelas, afirma algo interesante: “Cuando los colegios imponen los dispositivos digitales para el estudio, los niños se sienten reafirmados en la utilización de estos en casa”.


ESCUELA, VIEJA Y QUERIDA

Desde hace algunas décadas, los sentidos asignados a las instituciones Familia, Estado, Escuela y demás, sabemos, están en una olla a punto de ebullición.

La idea de la grupalidad en la enseñanza tiene sus límites, que son los que establece la propia lógica de época: lo individual por sobre lo colectivo. Es el agotamiento del formato de la enseñanza de uno a muchos.

No obstante, la matriz sociocultural actual impone lo dinámico e inmediato. El detenimiento, entonces —ese “saquen la carpeta para escribir” — da fiaca. La palabra del profe es aburrida y no se condice con la sorprendente respuesta que está a tan solo un deslizar de pantalla.

Pero en ese gesto mínimo de copiar una consigna se juega, todavía, el núcleo duro que le da razón de ser a la escuela: la enseñanza de la lectoescritura como condición de la alfabetización y, con ella, la posibilidad de inscribirse en el mundo. La carpeta y la birome siguen siendo máquinas de producir pensamiento. No compiten con las pantallas: operan en otro tiempo.  

¿QUÉ LES PASA A LOS PIBES CON LA ESCUELA? 

Reducir el fenómeno a una batalla entre docentes y estudiantes sería simplista y errado. La cultura digital no es generacional: es ambiental. Los docentes están atravesados por las mismas lógicas, claro que en el aula cambian los propósitos: el docente está allí para propiciar la incorporación de habilidades, dar contenidos, fomentar el interés, la curiosidad, introducir a la cultura y preparar para el mundo del trabajo… etcétera.  

Los estudiantes están allí (cuando están), muchas veces, porque es una obligación. Pero más allá de eso, por razones múltiples: están sus amigos, los padres los mandan, o no tienen otro lugar donde ir (eligiendo o no). Y algunos también, porque les gusta ir a la escuela a aprender. 

Una encuesta realizada por el Ministerio de Educación porteño entre más de 4.000 alumnos de escuelas de gestión pública y privada, sobre “atención y funciones ejecutivas en estudiantes de tercer año de secundaria”, reveló que el 75% de los entrevistados sienten que lo que aprenden en la escuela es “nada, poco o algo interesante”; solo el 5% piensa que es “muy interesante” y el 20% “bastante interesante”.

“El ascenso de las derechas liberales en el mundo es parte del entramado. Esa posición política va por la aniquilación del Estado y desde allí intentan construir el sentido común: no hay que invertir, sino recortar; no asistir, sino penalizar”

¿DISFRAZAMOS A LOS PROFES DE TELETUBBIES? 

La posmodernidad derribó las paredes del aula. Creadores de contenido inmersos en la lógica de captar la atención en no más de tres segundos son soldados de Google y las redes sociales.

La escuela está en una posición incómoda, obligada a defender un tipo de experiencia —la concentración prolongada, la escucha, la elaboración— que va a contramano de la lógica dominante. Y, al mismo tiempo, interpelada a revisar sus propias prácticas. 

La pregunta entonces no es sólo qué hacer con los celulares en el aula, sino qué tipo de experiencia educativa se quiere construir en este contexto. 

¿SE PUEDE LOGRAR UNA INTEGRACIÓN SIN RECURSOS?

El ascenso de las derechas liberales en el mundo es parte del entramado. Esa posición política va por la aniquilación del Estado y desde allí intentan construir el sentido común: no hay que invertir, sino recortar; no asistir, sino penalizar. 

En ese contexto, analizar cómo adaptar la escuela a la era digital aumenta la complejidad. Es que no se va a resolver sólo con ideas o textos académicos. Hay cientos de papers escritos que problematizan el rol actual de la escuela y dan respuestas y perspectivas.

Pero si el futuro de una sociedad es con educación (idea que aún persiste en el imaginario colectivo), es fundamental la inversión educativa por parte del Estado: programas de capacitación constantes, continuos y adquisición de dispositivos. Seguir combatiendo el bullying, el ciberacoso y promover el uso responsable y la autonomía.

HACIA UN APRENDIZAJE HIPERTEXTUAL

El aprendizaje hipertextual se vuelve una condición de época. No es que la tecnología “entra” a la escuela: es el ambiente en el que se socializamos, leemos, escribimos y producimos sentido. Como señala Carlos Scolari, los estudiantes aprenden navegando, conectando nodos, saltando entre lenguajes y construyendo recorridos propios en tramas que son simultáneamente informativas, afectivas y colaborativas. 

En ese desplazamiento, la linealidad pierde centralidad y aparece una forma de atención más distribuida, más exploratoria, más vinculada a la lógica de la red.

Pensar estas prácticas en clave de rizoma —la figura que proponen Gilles Deleuze y Félix Guattari para nombrar estructuras abiertas, sin centro ni jerarquías fijas— permite correrse de la nostalgia por el recorrido único y autorizado del saber. 

INTEGRAR TAMBIÉN DESDE UNA REFLEXIÓN PEDAGÓGICA

Se acerca el final de la clase y la profe mira el celu. Los chicos están ya respondiendo las preguntas. La profe les dice que “es de entrega obligatoria… —mientras desliza mirando mensajes de WhatsApp— “…para antes de terminar la clase, y va con nota”.

“Miren que si usan la  IA me voy a dar cuenta, porque es para pensar y la IA maneja probabilidades y también se equivoca. Yo ya los conozco y me doy cuenta si lo hacen ustedes o no”, advierte. 

Es importante re-legitimar la escuela como institución de la modernidad transitando la dinámica de la cultura digital y sus desafíos. Como espacio contrahegemónico que aún conserva sus paredes como lugar de encuentro con el otro para pensar críticamente qué hay dentro y que hay fuera de los entornos de aprendizaje. 

Entre la nostalgia por una escuela sin teléfonos y la fascinación acrítica por la innovación tecnológica, aparece la necesidad de una tercera posición: pensar el aula como un espacio capaz de producir otro ritmo, otra temporalidad, otro modo de estar con otros. Un lugar donde la atención no sea capturada sino construida colectivamente. 

El desafío es construir propuestas de enseñanza desde los intereses de los estudiantes, sus conocimientos previos, desde sus pasiones y entusiasmos. En este sentido, Mariana Ferrarelli, especialista en Comunicación y magíster en Metodología de la Investigación (UNLa) propone establecer “qué uso queremos hacer de las pantallas en el aula. Y decidirlo juntos, que no sea una cuestión unilateral de bueno, yo digo que hay que poner los celulares en esta caja y conversar sobre cómo administrar la presencia del celular en el aula”. 

Porque tal vez el verdadero desafío no sea lograr que los estudiantes guarden el celular, sino que lo que ocurra en la clase sea lo suficientemente significativo.