RELATO

EL CAMINO SE HACE ETERNO CUANDO SE ANSÍA LA MUERTE

Con la crudeza que distingue su pluma, Valentín Freri relata la muerte, le ofrece belleza literaria, la escribe para soportarla, quizá.

Texto: Valentín Freri | Ilustración: Diego Abu Arab
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El viento de las mañanas frías lleva tus pelos al infinito. 

Abrís la puerta y subís las escaleras, saludás a quién sé yo quién y vas directo a la habitación.

Una voz interna se pregunta:

—¿Por qué todo es tan opaco en este lugar?

Lo único que sobresale a color son algunas plantas verdes en las esquinas, pero de esas de plástico que no se pueden regar, compradas en el boom chino

¿Todo es grisáceo o soy yo que estoy curtiendo este mambo?

¿Nadie habrá pensado que una ventana, un poco más de luz, algunas flores… tal vez puedan permitir que los que se están yendo reconozcan aún el mundo?

Te parás, pispeás un poco, flashás romper con la silla la pared, hacer un boquete, qué sé yo. Cuando las horas pasan, no sabés si soñaste o imaginaste realidades posibles.

Las utopías sirven pa’ caminar, dice un chabón.

Todo es muy limpio, servil y organizado. Gente va y viene de manera circular.

Nunca vi tanta vida y tanta muerte juntas en el mismo instante.

Todos alrededor del mate. El de al lado dice que viajó con la señora por ahí, a algún lugar de la Argentina que hoy ya no recuerdo.

A la noche, los pasillos se vuelven trampa y odisea de visitantes. Las luces se desvanecen lentamente, y vos intentás acomodar tu esqueleto en un sillón por el que ya centenares de cuerpos han transitado lo mismo.

El camino se hace eterno cuando se ansía la muerte.