SOBRE EL CAPITALISMO DEL SIGLO XXI

CASO EPSTEIN: IMPUNIDAD, VIOLENCIA Y CORRUPCIÓN EN LAS REDES DE PRIVILEGIO GLOBALIZADAS

El empresario estadounidense Jeffrey Epstein fue acusado en 2019 por Tráfico sexual y Prostitución de menores. Antes del juicio público, murió en prisión. Rodrigo Javier Soto Bouhier y Axel Rex Weissel, de Arqueoterra, realizan un análisis crítico sobre el sistema que permite que estas redes sigan encubriendo la perversidad de los actuales grupos de poder globales.

Texto: Rodrigo Javier Soto Bouhier, Axel Weissel Arqueoterra | Ilustración: Diego Abu Arab
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CARETAS, VIOLENCIAS Y PODER CONCENTRADO

El pasado 30 de enero se difundieron por una amplia serie de circuitos de comunicación pública y privada los documentos desclasificados de Jeffrey Epstein. Aun con distintas fuentes sobre los orígenes de los documentos, lo cierto es que los mismos son parte de una causa judicial en los Estados Unidos iniciada en el año 2019.

Desde entonces, la sospecha de la red de pedofilia organizada por Epstein en la isla Little Saint Jaimes, al sureste de Florida, no solo se ha corroborado, sino que con esta desclasificación se dejan al desnudo los vínculos de “los ricos y poderosos del mundo occidental” con lo más podrido del ser humano moderno.

Hablamos de la impunidad de la violación de adolescentes e infancias, del tráfico de personas, de la corrupción de los derechos y valores humanos asociados, en paralelo, a la constitución de sistemas de acumulación de capitales y el control empresarial de los órganos políticos. Casi de inmediato a que el departamento de Justicia de EEUU publicara más de tres millones de archivos del caso, comenzó a retirar del acceso público miles de ellos ¿Casualidad? 

En publicaciones anteriores en La Mala hemos reflexionado sobre las islas de ricos, la incapacidad de las autodenominadas izquierdas frente a la ofensiva del capital en su conjunto y el advenimiento –o cristalización– de un horizonte neoliberal de corte autoritario en el ocidente colectivo.

En esas publicaciones expresamos en casos concretos lo que autores como Éric Sadin (2024) llaman la era del individuo tirano, el auge del totalitarismo del individuo y la promoción de experiencias de auto explotación y alienación de nuestra propia libertad bajo los cánones de la sociedad del rendimiento y el panóptico digital, en términos de Byung-Chul Han (2022). Una sociedad logarítmica, fragmentada en nichos, modas y tendencias atadas al consumo y la mercantilización que nos constituye como sujetos y objetos del capitalismo de plataformas. 

Se ha instaurado, en palabras de François Dubet (2023), un régimen de desigualdades múltiples, en el que cada persona se ve sometida y experimenta la vulneración “en calidad de”, anteponiendo particularidades atomizadas por sobre la situación de clase. No es que las clases sociales dejaron de existir, sino que se han visto desdibujadas, se ocultan bajo un velo impersonal e individual producto de la descentralización productiva, la deslocalización empresarial y la despersonalización de la gran propiedad. 

Semejante coyuntura, no es de extrañar, es un claroscuro donde nacen los monstruos. Es el pantano, la ciénaga infecta, donde las figuras más siniestras se arremolinan y asoman la cabeza cual entidades lacustres o críptidos abominables. Se sacan la careta y aun así pueden mantenerse impunes en el poder, como es el caso de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, involucrado en el caso Epstein por abuso de adolescentes y complicidad en la red global de pedofilia organizada.

“No es que las clases sociales dejaron de existir, sino que se han visto desdibujadas, se ocultan bajo un velo impersonal e individual producto de la descentralización productiva, la deslocalización empresarial y la despersonalización de la gran propiedad”

Trump, Epstein, Ghislaine Maxwell, Prince Andrew, Bill Gates, Stephen Schwarzman, Ehud Barak, Kevin Spacey, Woody Allen, Michael Jackson son algunos nombres expuestos en los documentos filtrados que a la vez son la encarnación de la concentración del poder económico y político global. Sus empresas rapaces se sustentan en el capitalismo de guerra, políticas neoliberales y la apropiación de los mercados latinoamericanos avasallados a su interés. 

Este claroscuro no solo es la partera de monstruos gramsciana, sino que el inicio del 2026 demuestra que la construcción de la impunidad –en base a la corrupción de la justicia, de las fuerzas de seguridad, del sistema de acumulación– es también la oportunidad de que dichas criaturas se quiten las máscaras. Siempre estuvieron entre nosotros, pero usaban maquillaje. Los recatos y buenos modales, la fachada democrática se extingue de cara a la normalización de las desigualdades y la naturalización de jerarquías de origen material, histórico y cultural. Lo política y humanamente incorrecto entronizado por el mérito y el dinero: todo es consumible, explotable y descartable. La vida solo vale por lo que se tiene. Y lo que se tiene define lo que se puede hacer, sin importar de qué se trate.

Y he aquí donde el caso Epstein se torna fundamental para comprender, o más bien reafirmar, la situación enfermiza en la que viven los poderosos. Devela el universo del privilegio y reafirma el slogan “todo tiene un precio”, sobre todo los sistemas jurídicos-normativos. Las leyes, como campo de disputa sociopolítico, no aplican a todos por igual, sino a quien no puede pagar el acceso a su defensa o a la excarcelación. 

Si el rico paga una fianza, rehúye a la justicia cambiando su domicilio o fugando su fortuna a paraísos fiscales, entonces la igualdad ante la ley es una falacia. Como si de Rebelión en la Granja se tratase, pareciera que todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros.

“Si el rico paga una fianza, rehúye a la justicia cambiando su domicilio o fugando su fortuna a paraísos fiscales, entonces la igualdad ante la ley es una falacia”

UNA LANZA HACIA EL MAÑANA

En la lucha de clases del siglo XXI las ciencias jugamos roles muchas veces cómplices, pero también podemos operar para construir futuros de mayor igualdad y bienestar social basados en la distribución de las riquezas, de las tierras y de los capitales. Desde la historia y las ciencias antropológicas comprendemos que sin exponer las raíces de la élite capitalista neoliberal global, a sus principales agentes y a sus modelos sociales no podremos reconocer que las violencias del Capitalismo Epstein son sistémicas en toda la América, de Alaska a las Islas Malvinas.

En el capitalismo del siglo XXI, en el marco de un caos controlado, los Epstein se mueven como peces en el agua. Son agentes que se valen del desorden y la sedimentación de fronteras liminares para realizarse y reproducirse como clase. Desde la historia se debe reconocer que este sector de la élite norteamericana no se trata de la burguesía productiva del siglo XIX y principios del XX, sino de una lumpen burguesía. Es decir, una fracción dominante sin una función histórica progresiva que parasita al mismísimo capital.

Al igual que el lumpen proletariado de Marx, desclasado e improductivo, la lumpen burguesía no innova ni invierte estructuralmente. Vive de la renta, la especulación, el saqueo y las prebendas del Estado. Este lumpenismo VIP descompone el tejido social, administra la decadencia y refleja de forma exponencial las contradicciones al interior de la propia clase burguesa. Se trata de los intermediarios del capital imperial, los CEOcratas y oligarcas asociados a la corrupción estructural y asociados con el Estado. 

La lumpen burguesía es nociva, incluso, para su propio bloque histórico. Destruye sus propias condiciones de existencia y de la reproducción social conforme se la deja ser. Los Caputo y los Musk son ejemplos de ello. Jeffrey Epstein, el epítome del lumpen burgués. 

El lado parasitario, extorsivo y autodestructivo de la lumpen burguesía salta a la vista con Epstein. Amasó su fortuna ocupando un puesto en la Bolsa de Valores de Wall Street e impulsó su trayectoria mediante el fraude financiero y el clientelismo con sectores de la élite del occidente global. No dirigió empresas y ello le permitió aferrarse cual garrapata y succionar beneficios. Los ricos y poderosos, aburridos en su fortuna y deseosos de superar sus propios límites, vieron en Epstein alguien que les tendió la oportunidad del anonimato en la perversión, a la vez que Epstein aprovechó para tejer un entramado de chantajes y extorsiones que le facilitaron el preservar su condición de sanguijuela. Porque si él caía lo hacían todos.

Con este caso, las distopías tecnocráticas, como El Juego del Calamar o los Juegos del Hambre, se han convertido en un horizonte de posibilidad, sino ya una realidad sumergida. La revelación al mundo de las entrañas de esta isla de ricos y su estratigrafía de la violencia-poder exponen un interrogante casi existencial: ¿Por qué los multimillonarios siempre terminan implicados en escándalos semejantes o se vinculan a prácticas y consumos por demás “exóticos”?

Porque pueden. Porque no saben qué más hacer. La omnipotencia del dinero, el vivir en un mundo etéreo libre de impedimentos materiales y embebido de un idealismo que distorsiona sus perspectivas de la realidad material los empuja a “nuevas experiencias”. Las ataduras del vulgo y sus límites mundanos les resultan ajenos. Son una especie diferente y nos iría mejor si los mandamos a vivir a Marte.

“Con este caso, las distopías tecnocráticas, como El Juego del Calamar o los Juegos del Hambre, se han convertido en un horizonte de posibilidad, sino ya una realidad sumergida”

Nuestra hipótesis de investigación se hace cada vez más clara: la corrupción, la impunidad y la perversión de los Derechos Humanos no resulta una anomalía al interior de la burguesía en su conjunto, sino la regla del poder burgués. Las lecturas morales o psicológicas del caso Epstein no alcanzan para explicarlo, ya que éstas no agotan el problema, solo lo particularizan, lo circunscriben a un sujeto y/o a sus allegados y omiten la realidad sistémica del “capitalismo gore” (Valencia, 2010).

La lanza hacia el mañana, desde la historia y las antropologías, tiene que involucrar la denuncia social de los sentidos y de las personas que encarnan el realismo Epstein como partícipe sistemático del “realismo capitalista”, desnudado por autores como Mark Fisher (2015). A los fascismos neoliberales se les pueden confrontar biografías de vida y de acumulación, así como la investigación de las dinámicas sociales de los countrys privados, los clubes de caballeros, los negociados ocultos de las empresas con los medios de comunicación, con los partidos y/o poderes políticos, entre tantas otras necesarias investigaciones críticas enlazadas con su comunicación pública de corte periodística.

Construir conocimiento situado de las élites, desde organizaciones de base territorial y cooperativa, que se active en la práctica perfila una lanza, que inevitablemente, llegará al mañana. Una lanza que necesariamente tiene que penetrar, cual Van Hellsing, el corazón de los monstruos, pero no quedarse solo en ello. Porque el futuro, lectores, es de quién se organiza e imagina presentes y horizontes de justicia, igualdad y bienestar social.

captura de pantalla

Los juegos del hambre (Gary Ross, 2012)

La distopía que ya no es ficción. En Panem, el Capitolio organiza un reality show donde 24 jóvenes luchan a muerte para entretenimiento de las élites. Detrás del brillo y el glamour, hay una verdad incómoda: el sistema necesita víctimas para sostenerse. Los tributos son extraídos de los distritos más pobres, exactamente igual que Epstein reclutaba en familias vulnerables. La película no habla de pedofilia, pero disecciona el mismo mecanismo: cuerpos descartables, vidas que valen según el lugar de origen y una clase privilegiada que mira desde la comodidad de sus mansiones mientras otros mueren.

Saló o los 120 días de Sodoma (Pier Paolo Pasolini, 1975)

El poder absoluto corrompe absolutamente. Pasolini traslada la obra del Marqués de Sade a la Italia fascista de 1944: cuatro poderosos secuestran a 18 jóvenes y los someten a un régimen de violencia sexual y tortura. La película es una alegoría brutal del fascismo, pero también una profecía del «capitalismo gore» que menciona la nota: el poder económico y político que se cree con derecho a disponer de los cuerpos. Lo que Pasolini filmó como metáfora, Epstein lo construyó en una isla real. Ambas obras exponen la misma verdad: cuando el dinero no tiene límites, el horror se vuelve rutina.

Jeffrey Epstein: Asquerosamente rico (Lisa Bryant, 2020)

Los monstruos existen y viven en mansiones. Miniserie documental de Netflix que pone el foco donde duele: las víctimas. A través de cuatro episodios, las sobrevivientes cuentan cómo Epstein –junto a Ghislaine Maxwell– reclutaba adolescentes vulnerables para una red de abusos que operó durante décadas. La periodista Vicky Ward revela cómo intentó publicar la historia en los 90 y fue silenciada por las presiones del magnate. El documental expone el «sistema de caza»: masajes que terminaban en violaciones, el avión Lolita Express, la isla en el Caribe y el pacto de impunidad de 2008 que le permitió seguir. No hay morbo: hay testimonio. Las voces de las mujeres son el centro, y lo que cuentan es más escalofriante que cualquier ficción.