El tío Romero se paró en la puerta del baño, sacudió las manos en un intento de secarlas y giró la cintura para apagar la luz. Toda la familia estaba ubicada alrededor del almuerzo, solo los niños lo miramos levantando apenas la vista.
El tío se acercó a la mesa larga. Saludó con un “buenasss”, miró su silla, vio que estaba desocupada y caminó hacia la heladera. Regresó con el botellón de agua helada. Los platos todavía estaban sin servirse, pero nadie emitía ni siquiera un murmullo. El tío se sentó frente a Tía Elvira, le guiñó un ojo, la tía le dedicó una sonrisa de costado y se miraron un rato largo. Tía Elvira no dejaba de sonreír.
Tío Romero quitó el tapón a la botella transpirada y la ofreció en un movimiento del brazo como un ademán de repartir. Nadie respondió.
El abuelo cuchicheó algo a Elvirita, que se sentaba a su lado. Elvirita corrió hacia la heladera y volvió con otra botella de agua que el abuelo ofreció a todo el mundo y la vació cargando vasos de hijas, yernos y nietos.
Este comedor, antes estaba a la entrada de la casa, después del zaguán. Cuando las tías comenzaron a casarse, hubo que desplazar la mesa hacia el pasillo al que desembocan las puertas de los dormitorios. Son cuatro habitaciones, una para los abuelos y las otra para cada hija con sus hijos y marido. Yo duermo con mamá y papá, en el dormitorio tengo una mesita con un velador, allí hago las cosas de la escuela y leo revistas. Como no tengo hermanos, soy el que tiene más espacio libre en el cuarto. Elvirita duerme con los abuelos.
En esta casa nadie tiene sexo. No hace falta decir que los chicos no tenemos sexo, lo que digo es que los grandes tampoco. Salvo tía Elvira. Los abuelos, mis papás habrán tenido sexo alguna vez, sino ninguno de nosotros estaría acá. Pero seguro que lo hacían de noche y cuidando muy bien la privacidad. Salvo tía Elvira.
Hasta que murió tío Aldo, la tía no era así. Mamá siempre recuerda que era muy modosita, como les enseñó abuela Alba. Tía Elvira empezó a cambiar cuando llegó tío Romero. Sólo yo lo llamo tío, mis primos le dicen Don Romero. El abuelo dice que el tío tiene cara de peronista y eso es lo que no le gusta. Las hermanas de tía Elvira dicen que cambió mucho desde que conoció a este muchacho. Dicen “este muchacho” algunas veces, otras veces sólo dicen “éste”. Y repiten que “desde que conoció a éste”, ya no es la misma. Yo primero creía que me cambiaron de tía. Después empecé a entender que no es la misma porque perdió la seriedad, la cordura, el recato, la vergüenza, la dignidad y un montón de otras cosas que fui escuchando y comprendiendo de a poco.

Lo cierto es que desde que Tío Romero vive con nosotros, los chicos tuvimos que encerrarnos a dormir la siesta. Desde la una hasta las cuatro de la tarde no podemos salir al pasillo.
El tío trabaja de sereno. Llega a las 9 de la mañana, duerme un rato y se levanta para encerrarse en el baño. Mientras está durmiendo, tía Elvira pide que nadie haga ruido en los pasillos porque el tío está muy cansado. Ahora no pide más, los chicos ya entendimos que debemos jugar en otro lado. Así que el pasillo dejó de ser nuestro lugar, excepto para la hora del almuerzo y de la cena. Ahora jugamos más tiempo en la vereda y en los árboles del patio.
A las 11 ya hay olor a salsa en todos los rincones. En una casa con ocho adultos y un montón de niños es imposible pretender milanesas con puré. Acá se cocina guisos y pastas con mucha salsa. A veces una sopa. Así que a media mañana una nube de ajo y cebollas va expandiéndose por la casa. Nunca tuvimos todos los platos ni las tazas del mismo juego, hay algunos amarillos traslúcidos, otros blancos con estampados de espigas de trigo a los costados y unos irrompibles que primero eran seis y enseguida quedaron solo dos.
A las doce se termina de ordenar la mesa. Se deja cada plato en su lugar, con servilletas, tenedores y cuchillos. Cuchara no, porque si no hay sopa, no hay por qué ensuciarlas. Y si no hay nada que cortar, tampoco cuchillos. Se coloca dos fuentes con los fideos en el centro de la mesa o con el guiso de arroz. Los vasos quedan boca abajo. Tío Romero es el último que llega a ocupar su lugar. Me doy cuenta que al abuelo lo fastidia esperarlo, hace bufidos, abuela Alba le pide que se calme. No sé por qué el abuelo no puede comenzar a comer mientras haya alguna silla desocupada y siempre es la que va enfrente a la de tía Elvira.
Abuela Alba le llena el plato al abuelo y a Elvirita. Mamá me sirve a mí y a papá, mi otra tía sirve a mis primos y a tío. Tío Romero le carga el plato a tía Elvira y después vuelca el resto de la fuente en su plato.
Después del almuerzo mandan a los niños a que nos lavemos las manos y nos acostemos a dormir la siesta. El comedor va vaciándose y las dos lámparas de 60 watts, sucias de caca de moscas se ven mucho más pálidas con esa luz sanguinolenta que chorrean. Con mis primos nos empujamos alrededor del lavatorio, nos enojamos con el más grande, que espera a que estemos todos juntos para ponerse a tirar pedos. Ya me di cuenta que lo hace para que nos espantemos y dejemos todo el agua y el jabón para él.
Me acuesto y me hago el dormido. Mamá y papá conversan un rato en voz baja y empiezo a prestar atención a los ruidos que vienen del otro lado de la pared. Porque cuando estaba tío Aldo, tía Elvira no era así. Pero desde que está con Tío Romero, no es que tiene sexo de noche o con privacidad cuidada. Los tíos culean a la siesta. Y culean escandalosamente, a lo bestia. Los flejes de la cama rechinan como los elásticos de un Chevrolet del 40. La tía resopla, gime, grita cosas. No entiendo qué grita. En la otra punta el abuelo enciende la radio, papá ronca.
No sé cómo es la cara de peronista. Tío Romero tiene rulos y un bigote bien grande. Se levanta de la siesta bien tarde, en calzoncillos y sin pasar por el baño va a la heladera y se despacha dos vasos de agua helada. Después se ducha y se viste para volver a cuidar la fábrica. La tía le alcanza el pantalón y la camisa, lo ayuda a prenderse el cinto. Cuando el tío sube a la moto, vuelve al banco del patio y pide que le conviden con mate. Mamá le ceba alguno, pero no le mira a la cara. La tía toma el mate, pellizca algún bizcochito y no deja de sonreír.
