“Crecí con una mamá almendra”, me dijo Sofía, cuando le expliqué en qué consistía el término. “Los primeros recuerdos de los controles en la comida son de cuando empecé a ir a los cumpleaños. Tendría cinco o seis años, y por ahí mamá me decía: ‘mirá que sos alérgica al chocolate, no comas chocolate’, ‘mirá que el chizito y la papa frita te caen mal porque son fritos’, ‘mirá que sos alérgica al maní’, ‘mirá que frutilla no podés comer’. Eran todas supuestas alergias… obviamente yo crecí con eso, me la creí hasta de grande”, contó Sofía.
Cuando empezó a probar las cosas, se dio cuenta de que no, no eran alergias reales. Pero ya había crecido en su cabeza una relación difícil con la comida y con su propio cuerpo. “Todo el tiempo estaba escuchando comentarios: si subís de peso estás ‘más gordita’, si bajás de peso tenés ‘las piernas más flacas’. Mamá me decía que el color blanco te hacía más gorda, y yo hasta no hace mucho no quería usar blanco”, confesó, para esta nota, la joven de 23 años.
Crecer en su casa fue también aprender que había alimentos “buenos” y “malos”: siempre comer saludable, verduras, no muchos carbohidratos, casi nada frito (sólo se podía una vez al mes). Eso, en algún punto, se trasladó a su manera de vivir: obsesión con la comida, obsesión con el gimnasio, ejercicio excesivo, hasta que empezó a notar que eso no era sano.
“Todo el tiempo estaba escuchando comentarios: si subís de peso estás ‘más gordita’, si bajás de peso, tenés ‘las piernas más flacas’”
“Por momentos no comía, por momentos estaba obsesionada con el deporte… y todas esas conductas sólo pude empezar a desarmarlas con terapia”, relató. Al tiempo que aclaró: “En la cabeza te quedan todas esas cosas, pero es cuestión de no obsesionarte con el espejo, con tu imagen, o no darle tanta bola a esas voces internas que te repiten cuando algo ‘está mal’”.
¿QUÉ ES UNA MAMÁ ALMENDRA?
“El fenómeno conocido popularmente como ‘Madre almendra’ (almond mom, en inglés) puede entenderse como una forma de control alimentario parental influido por la internalización de la cultura de la dieta, que actúa como factor ambiental de riesgo para el desarrollo de una relación disfuncional con la alimentación y la imagen corporal”, introdujo, sobre el término, la licenciada en psicología María Elisa Benetti (M.P. 1340), especializada en Salud Mental comunitaria y psicoanálisis de niños y adolescentes.
“No es un término clínico de la salud mental, sino un concepto cultural-popular”, continuó explicando la profesional, “aun así, se suele asociar con varios conceptos psicológicos más formales. Es un estilo de crianza en el que el padre, la madre, o quien ejerza su función, regulan de forma estricta la comida del hijo o hija. La figura de autoridad limita cantidades o tipos de comida, a veces con un enfoque en el peso o la apariencia. En ese marco, se internaliza la cultura de la dieta y se transmiten creencias sobre delgadez, comida buena o mala y miedo a engordar”.
Según explicó Benetti, existe un modelado parental de conductas alimentarias desordenadas, que no siempre derivan en un trastorno alimenticio diagnosticado, pero sí en patrones poco saludables. “En casos más intensos, puede vincularse a factores de riesgo para trastornos de la conducta alimentaria (TCA), como la anorexia nerviosa y rigidez en las pautas de alimentación saludable”, resaltó la psicóloga. Al tiempo que puntualizó en que se trata de un factor predisponente, especialmente cuando se combina con el perfeccionismo, la baja autoestima y la presión social o bullying.
Es importante subrayar que ser una llamada “madre almendra” no implica que haya una patología o trastorno mental, y que ese término se usa para describir un estilo de crianza influido por la cultura de la dieta, no un diagnóstico. María Elisa enumeró las características de esta forma de criar a los hijos: una vigilancia constante de la ingesta, comentarios frecuentes sobre peso, calorías o “comida saludable”, el uso de la restricción como norma y una transmisión intergeneracional de la cultura de la dieta.
“En casos más intensos, puede vincularse a factores de riesgo para trastornos de la conducta alimentaria (TCA), como la anorexia nerviosa y rigidez en las pautas de alimentación saludable”
En ese proceso, pasan cosas en la cabeza de los chicos y chicas: se refuerza la delgadez como valor, se moraliza la comida (como “buena” y “mala”) y se asocia al cuerpo con disciplina o el éxito personal. “El o la niña aprende por observación la evitación de ciertos alimentos, la culpa al comer y una preocupación excesiva por el cuerpo”, remarcó la profesional consultada por La Mala.
“En los hijos e hijas se observa un mayor riesgo a una relación disfuncional con la comida. Muchos desarrollan un ‘comer emocional’ o lo hacen en secreto. Algunos tienen dificultad para reconocer hambre y saciedad, y poseen insatisfacción corporal y ansiedad o culpa al comer”, manifestó.
La psicóloga también destacó que en la transmisión psíquica sucede algo muy interesante: “para que algo se transmita no es necesario que se explicite, que se diga claramente, sino que puede hacerse a través de silencios, gestos, reglas implícitas, climas emocionales y comentarios, que los hijos aprehenden y luego (si no hay un trabajo de elaboración de eso) también transmiten. La crianza es la tierra fértil para que los adultos pongamos en cuenta nuestros conflictos no elaborados”.
“Muchos adultos que crían y que ejercen este control” —siguió María Elisa— “crecieron con escasez, dietas, trastornos de peso y consecuencias afectivas por ello o mandatos de sacrificio. Y no pudieron desarrollar una relación de seguridad y aceptación con su propio cuerpo. En estos casos suele haber una omisión en hablar acerca de emociones y sentimientos y la tendencia es regularlas con disciplina”.
“Para que algo se transmita no es necesario que se explicite, que se diga claramente, sino que se transmite a través de silencios, gestos, reglas implícitas, climas emocionales, comentarios”
¿POR QUÉ MADRE ALMENDRA Y NO PADRE ALMENDRA?
“El término madre almendra tiene una fuerte carga de género porque la sociedad asigna históricamente a las mujeres la responsabilidad principal del cuidado, la alimentación y la regulación del cuerpo dentro de la familia. Por eso, cuando aparece la restricción alimentaria en la crianza, el foco recae casi automáticamente en la madre”, explicó Benetti.
Aunque, “esto no implica que los padres u otros adultos no influyan, sino que el cuidado cotidiano se personaliza en la figura materna: es ella quien planifica comidas, regula hábitos y sostiene el funcionamiento diario del hogar. No se señala a quien produce los mandatos culturales, sino a quien los ejecuta en lo cotidiano”.
El control del cuerpo ha sido un mandato femenino: “a las mujeres se les enseña que el autocontrol está ligado a su valor, y ese aprendizaje se transmite muchas veces como forma de cuidado. La ‘madre almendra’ no es una figura natural, sino socialmente construida, producto de normas de género que asocian a la mujer al cuidado, permitiendo que padres, instituciones y el propio Estado queden en un rol secundario o desentendido”.
“La trampa del concepto es que individualiza y ridiculiza un problema estructural, reforzando la figura de la ‘mala madre’, mientras deja intacta la desigual distribución de tareas y la falta de corresponsabilidad. Cuando todo funciona, es ‘normal’; cuando algo falla, la madre aparece como responsable”, puntualizó la psicóloga. Y cerró: “la madre almendra simboliza cómo las madres sostienen lo esencial —alimentación, bienestar, hábitos— sin reconocimiento ni redistribución del esfuerzo, evidenciando una desigualdad estructural en el reparto del cuidado atravesada por mandatos de género”.
