A veces, me parece,
el presente es un hiato impronunciable
entre el pasado y lo desconocido.
A mí, por ejemplo,
me precede la leyenda
de una artesana capaz de fabricar
con las manos
la ternura.
Cuenta la historia que,
hábil con el hilo y la aguja,
cosió la artesana sus dones
en sus tres creaciones más preciadas.
En la primera, la pureza.
En la segunda, la valentía.
En la tercera, la sensibilidad.
En aquel entonces
el presente no era un hiato.
Era un conjuro maternal,
el refugio
en el que escapar del tiempo
que todo lo transforma
en melancolía.
Dicen que habiendo impregnado
a su alrededor todo
de un amor incomparable,
se esfumó la artesana
y la lloró todo el pueblo.
¿Quién podría fabricar ahora
la ternura?
El presente se volvió un páramo oscurísimo
colmado del deseo de romper el tiempo.
No hubo creación de la artesana
que quisiera
o pudiera
salir a ver.
Esperaron,
con la piel fría como la luna
al borde de la noche,
la resignación de la tristeza.
Y llegó.
Salieron y sintieron
que algo más grande había prevalecido.
Afuera, el viento llevaba susurrando
y lo seguiría haciendo toda la vida,
y toda la muerte,
el legado de la artesana
que con hilos y retazos
cosía el porvenir.
