En Gualeguaychú, el arbolado urbano aparece en discursos, ordenanzas y folletos, pero sigue siendo una cuenta pendiente. Entre la falta de datos actualizados, los conflictos con los vecinos y proyectos que se quedan sólo en algunas pocas voluntades, el árbol se vuelve un síntoma de cómo se piensa (o no) el espacio público.
La ausencia de árboles no es solo un problema estético. En una ciudad sin arbolado suficiente, el calor se vuelve más intenso, el aire más denso y el espacio público más difícil de habitar. Esto impacta también en la salud (más temperatura, más golpes de calor y más contaminación) y en la vida de la ciudad, afectando aves, insectos y biodiversidad. Se pierde capacidad de absorber agua, de regular el clima y de ofrecer refugio. No es solo una cuestión ambiental, sino urbana, social y política.
En Gualeguaychú, el último inventario integral del arbolado urbano se realizó hace casi dos décadas. Emilio Montefinale, actual encargado del Área de Espacios Verdes, dialogó con La Mala, reconoció que es necesario actualizar la contabilización del arbolado de la ciudad, aunque “requiere gente preparada para hacerlo, porque no lo puede hacer cualquier persona”.
De aquel relevamiento quedan algunos folletos institucionales, que estimaban unas 27.000 plantas en veredas. Pero Montefinale aclaró que esos números ya no reflejan la realidad: “Hoy tenemos que estar hablando de 45 mil árboles, capaz 50 mil, solo en el casco urbano”.
Desde la gestión municipal, el arbolado no se piensa como un problema presupuestario, sino operativo y social. El funcionario fue claro al respecto: “En una obra nueva, el árbol es insignificante comparado con lo que sale una cuadra de asfalto”. Sin embargo, aclaró que la cosa cambia cuando hablamos de una calle ya hecha, como las del centro: “Cuando vos tenés que abrir la vereda del vecino, cambiarle las baldosas, hacer todo el trabajo de excavación, remoción de suelo y albañilería, ahí sí se encarece. Además, está el vecino que no quiere que le toquen la vereda”.
“Primero hay que hablar con los frentistas, preguntarles. Generalmente, ellos nunca quieren que les rompas nada, a veces no les gusta la especie que se va a plantar. Si bien tenemos una ordenanza, si al vecino no le gusta la obra o la planta, la termina malogrando, porque tarde o temprano la saca”, contó Montefinale. Y subrayó la situación particular de los negocios: “Muchos comercios no quieren que le tapen las vidrieras, que no le tape la marquesina o algún cartel. Todo es una pelea constante. Por eso es muy importante a la hora de que el frentista incorpore el árbol”.
“En una ciudad sin arbolado suficiente, el calor se vuelve más intenso, el aire más denso y el espacio público más difícil de habitar”
“12 ÁRBOLES POR CUADRA”: A UNA DÉCADA DEL PROYECTO
En este 2026 se cumplirá una década del proyecto “12 árboles por cuadra”, una iniciativa que plantea que una calle debería tener al menos seis árboles por vereda, es decir, doce por cuadra, lo que equivale a un árbol cada ocho metros aproximadamente. Para su creador, el floricultor y paisajista Martín Chas, el diagnóstico actual es claro: “La situación del arbolado en la ciudad es carente, son muy pocas las cuadras que tienen seis árboles por vereda. Ahí estamos recontra cortos.”
El proyecto, que fue declarado en 2017 de interés municipal, no se limita a una consigna técnica, sino que tiene una fuerte base pedagógica y comunitaria. “La educación ambiental se basa en que los vecinos cuiden un árbol durante un año. Nosotros no regalamos árboles grandes, sino plantines hechos con alumnos y voluntarios. Cuidar una planta durante un año genera un lazo. No es lo mismo que venga la Municipalidad, te la plante y listo. Ahí las personas no le prestan tanta atención”, manifestó.

Uno de los puntos donde las miradas convergen es que el arbolado no es caro. Chas lo planteó de manera simple: “Un árbol vale diez o veinte mil pesos y una casa vale millones. No es una cuestión económica”. Desde su perspectiva, tener árboles debería ser una prioridad, y con voluntad política no debería ser tan complicado: “Para que te den la habilitación de una casa, como mínimo tendrías que poner un árbol en la vereda en cada obra nueva”. El especialista incluso introdujo la posibilidad de descontar al ciudadano el costo de un árbol en su impuesto municipal: “Con que te descuenten mil pesos del impuesto municipal por plantar un árbol, ya hiciste una campaña masiva. Al Estado no le sale nada.”
EL ARBOLADO COMO SISTEMA: LA MIRADA TÉCNICA DEL CAPER
Más allá de la gestión cotidiana y de las iniciativas comunitarias, el arbolado urbano de Gualeguaychú también fue abordado desde una perspectiva técnica y profesional. En ese sentido, el Colegio de Arquitectos de Entre Ríos (Caper), Regional Sureste, elaboró en 2021 un documento de trabajo (adjunto al final de la nota) en el que advierte que uno de los principales problemas de las ciudades es haber pensado el crecimiento urbano sin incorporar al árbol como parte estructural de la planificación.
El arbolado urbano no debe entenderse como un elemento decorativo o accesorio, sino como parte constitutiva del espacio público. El documento del Caper remarca que la calle es un sistema complejo donde confluyen movilidad, infraestructura, clima y vida cotidiana. Cuando la vegetación queda fuera de ese esquema, aparecen los conflictos.
“Existe mucha falta de empatía de la comunidad en general en relación al arbolado urbano y esto sucede por muchísimas razones, la mayoría tienen que ver con la falta de información o desconocimiento que se tiene en general de la importancia de la vegetación en nuestro hábitat. Hábitat que hemos creado y hemos ido modificando a lo largo de los siglos”, recita el documento sobre la visión de la situación actual.
Además, acentúa que “en la ciudad existe un déficit enorme en lo que respecta a la situación actual del arbolado urbano de las calles y aún más de espacios públicos como plazas, plazoletas, etc. El parque Unzué o la reserva las piedras están al borde de la ciudad y si bien cumplen, y cumplirán aún más a futuro, un rol más que importante a medida que crezcan las áreas urbanizadas de sus alrededores, nos preocupa que no se haya previsto hasta el momento ningún pulmón verde urbano de esas características que a futuro quede dentro de la ciudad”.
“Existe mucha falta de empatía de la comunidad en general en relación al arbolado urbano y esto sucede por muchísimas razones, la mayoría tienen que ver con la falta de información o desconocimiento”
“Lo que necesitamos con urgencia son más espacios verdes: corredores, conectores, anillos y pequeños bosques urbanos –continúa el análisis inicial–. A pesar de que la ciudad crece en forma extensiva, a velocidades indeseadas para un modelo de ciudad sostenible, con una densidad habitacional muy baja y un reemplazo de la cubierta vegetal por superficies impermeables muy alto, que nos aumenta día a día exponencialmente nuestros problemas ambientales no tenemos pensado como ciudad espacios verdes de calidad que sirvan, en un futuro no muy lejano, como espacios verdes de calidad que permitan esa interconectividad biológica de la que tanto se habla. Hoy ya estamos sintiendo las consecuencias de todos estos problemas, y a medida que la urbanización avance en este sentido se irán agravando aún más”.
Entre los principales errores señalados, el texto menciona la falta de previsión en el diseño de veredas, la ausencia de suelo absorbente y la superposición de redes de servicios. Un ejemplo es el caso del espacio para el desarrollo radicular y aéreo de los árboles, que causa roturas de veredas, interferencias con luminarias y cableados, y que termina generando en el vecino la percepción del árbol como un problema. Desde el Caper se subraya que estas situaciones no son responsabilidad del árbol, sino de un modelo urbano que lo incorporó tarde y mal.

El texto también pone el foco en los beneficios ambientales que suelen subestimarse en esta temática. La vegetación, en el ámbito urbano, contribuye a múltiples propósitos, entre ellos: la absorción de CO₂ y la generación de oxígeno, la reducción de partículas contaminantes en el aire, una mitigación de inundaciones y regulación hídrica, funciona como barrera de protección acústica, visual y del viento, regula las temperaturas, la humedad y brinda sombras. En adición, cumple un rol fundamental en el incremento de la biodiversidad urbana y trae consigo beneficios sociales y para la salud, ya que contribuye a reducir el estrés, mejora el bienestar psicológico, promueve el uso del espacio público y refuerza el vínculo de la comunidad con su entorno.
En ese marco, el Colegio propone invertir la lógica habitual. No se trata de plantar primero y resolver después los conflictos, sino de proyectar el arbolado desde el inicio, junto con la vereda, la calzada y las redes. La planificación aparece así como condición indispensable para evitar que el árbol quede atrapado entre la improvisación y el rechazo vecinal.
DE CARA AL FUTURO: QUÉ SE HACE Y QUÉ SE PUEDE HACER
El Vivero Municipal de Árboles Nativos aparece como una de las herramientas centrales (aunque poco visible) de la política de forestación local. Creado en 2020 y ubicado en el parque Unzué, detrás de la Laguna de los Patos, el vivero produce especies nativas pensadas para el entorno urbano y funciona también como espacio de entrega y asesoramiento a vecinos. “Nosotros todos los días estamos entregando árboles a la gente”, explicó Montefinale, quien remarcó que “las veredas de la ciudad son medias problemáticas, por eso estamos trabajando a largo plazo para tener un plantel de árboles que se adecúe”.
En conversación con La Mala, la arquitecta María Marta Chichizola aseguró que la situación del arbolado actual es muy desfavorable: “Existen muy pocos ejemplares en general. En parte puede tener que ver con la estructura de nuestra ciudad (por ejemplo, con el ancho de vereda que no prevé la colocación del arbolado público), pero también hay falta de conciencia en una gran mayoría de los ciudadanos, que aún no entienden el rol y beneficio de la vegetación en nuestro entorno”.
“El vecino en sí, no es sólo el que puede cuidar el árbol, es quien lo acepta o no, en muchos casos es el que permite o no que se siga desarrollando. El rol del Estado es fundamental a la hora de la planificación del espacio público, desde lo ambiental, lo paisajístico y la infraestructura urbana, pero sin la aceptación de los vecinos y el ciudadano en general, es difícil poder llevar adelante cualquier proyecto forestal”, confesó la profesional
Por otro lado, Chichizola fue contundente en cuanto a las medidas que se necesitan: “Hay que tener en cuenta que, para una ciudad sostenible ambientalmente, el arbolado solo ya no alcanza. Tenemos que pensar en una infraestructura verde, que involucra mucho más que los espacios públicos, para poder hacer corredores verdes y poder rehabilitar ambientalmente la ciudad”. Según la arquitecta, esto requiere del compromiso y la coordinación de lo público y privado.
El cambio, además, necesitaría de otros tipos de espacios verdes, como techos verdes, las terrazas verdes, las paredes vegetales, los retiros de las construcciones con jardines, los llamados “parques de bolsillo”, etcétera. Párrafo aparte para la importancia del ‘corazón de manzana’: “Son fundamentales para la regulación del clima interno de la misma, son espacios que se enfrían por la noche a más velocidad que el resto de la vivienda, disipan rápidamente el calor acumulado durante el día y gracias a eso se mantienen frescos durante más tiempo (toda la noche y buena parte del día), dificultando así el calentamiento del resto del edificio”.
La mirada del Caper dialoga directamente con lo que describe Emilio Montefinale desde la gestión cotidiana, cuando señala las dificultades de intervenir en calles ya consolidadas; con lo que plantea Martín Chas al reclamar reglas claras y previsibilidad; y con el diagnóstico de la arquitecta María Marta Chichizola, que advierte sobre la falta de infraestructura verde y de una planificación ambiental integral.
Desde estos distintos enfoques (técnico, comunitario y estatal) puede verse claramente una línea a tener en cuenta: sin una planificación urbana previa, el árbol queda librado a la negociación permanente con el vecino y a soluciones parciales. Con planificación, en cambio, puede dejar de ser un problema para convertirse en una política pública sostenida en el tiempo, capaz de ordenar la ciudad y mejorar la calidad de vida.
