CUENTO

ANTES DE SABER

Un encuentro inesperado, una ciudad en pausa y una voz que piensa más de lo que dice. El relato de Isidro Alazard y las ilustraciones de Diego Abu Arab construyen juntos ese instante previo —casi imperceptible— en el que algo adentro empieza a definirse.

Texto: Isidro Alazard | Ilustración: Diego Abu Arab
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«Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es«

Jorge Luis Borges.


-Ojalá no pasés lo que yo pasé- me dijo.

Solo llegó, se sacó el saco y se sentó. Sin mirarme a los ojos balbuceó esas palabras como ebria, sin filtros y con olor a vino barato.


– ¿Qué me querés preguntar? Soy la muerte, debes tener muchas preguntas.

– No tengo ninguna- contesté – no sé para qué viniste.

– Yo voy a donde me llaman, no te mientas a vos mismo.

*

La ciudad es bipolar. En verano mucha gente, en invierno hay horas y horas donde no se ve nadie en la calle. Los lugares más concurridos están como nuevos, pintados relucientes, pero los barrios alejados no tienen agua ni luz. También cambia de color: cuando estabas acá era mucho más cálida. Ahora, creo que descubrí un color más triste que el gris.



*

El mozo llega con el café. Yo lo había pedido hacía ya unos quince minutos, y quería tomarme algo caliente porque tenía frío. Le pregunta a ella si quiere tomar algo, como si fuera natural que estuviese allí, sentada y sonriendo en su lugar de impostora.

– No, gracias, ya me voy- respondió.

Yo estaba decidido a no hablarle, pero supuse que iba a empezar un monólogo que nunca arrancaba. Me miraba a los ojos, pero yo esquivaba la mirada. No quería que vea mi extrañamiento tendiente al miedo que me causaba. Me fijé en el mozo, que estaba lindo pero medio desarreglado, en las migas que hacía la viejita de al lado e incluso en las palomas de afuera del local, que tenía un gran ventanal que daba al frente del edificio del Correo.


– La muerte son huesos, gusanos y carne podrida – empezó a hablar después de cinco minutos, yo ya me había terminado el café- la gente le tiene miedo al pedo. Es peor para los que se quedan. Muchos papeles y egoísmo, supongo.

*

Ayer soñé con vos. Me desperté con la sensación que te queda después de esos sueños en los que corrés y no te podés mover. Se me saltaba el corazón. Cada vez que miro la cama y no estás acá recuerdo lo que hice. El deseo es más hijo de puta de lo que uno piensa. Todavía puedo respirar, pero es como que duele algo adentro. Mi familia está lejos, y mucho más lejos de entender lo que siento. Estar encerrado es mi cárcel y mi lugar seguro a la vez.


*

– Nadie es inmortal. No se consigue de ninguna manera, te lo digo yo, sin vueltas. En un abrir y cerrar de ojos, ¡pum!, chau tu viejo. Dos meses después, ¡pam!, chau tu hija. Una cagada la vida. A esa tenés que tenerle miedo. Es más gila que yo, no negocia nada. Por eso me la paso huyendo, lo que tendrías que hacer vos también.

– ¿A dónde querés que vaya? No tengo ni plata ni ganas. Vine a tomar un café para ver la luz del día, ya me quiero ir a casa.


– Está bien, andate. No me hagas caso. Pero ya sabes, como decía tu madre… el diablo sabe más por viejo que por diablo. Ojo, no me confundas con el diablo. Para diferenciarme tendría que meterme en cuestiones de filosofía que no me interesan y no sirven de nada. Toda la filosofía occidental se basa en lo que ya dije: huesos, gusanos y carne podrida. Y un poquito de sexo también.

*

A veces siento que el planeta conspira contra mí. Arrastrar al sufrimiento a la gente que amo es lo que más odio. Y por eso me escondo y sufro solo. Está en mi ADN, supongo, por mi pasado, mi familia o porque soy de acuario (no sé qué significa, pero capaz pega). Escribo mucho en mi libreta. Es como un testamento de frases y poemas deprimentes. Pienso quemarlo cuando se me acaben las hojas en blanco.


*

La gente no prestaba atención a nuestra conversación, que parecía más una lección de vida de esas que uno se quiere saltear como si fuera la intro de una serie o una clase aburridísima de física. ¿Qué hago acá? Pensé. Prendió un pucho.

– Todos nos vamos a morir algún día, como decía -hizo una pausa mientras se reía para hacer una pitada-, pero te envidio algo, a vos y a todos los de por acá. Todavía les late el corazón. En realidad no hablo de que bombeen sangre, sino de que sienten. Igual, a veces no es tan copado. Sentir tiene cosas buenas, pero también te puede hacer mierda. Por las ojeras, creo que te está pasando eso. Igual no estoy acá para juzgarte. Si tocaste las nubes tenés que bancarte caerte hasta lo más profundo. Ojo que siempre se puede ir más profundo. Ese es el precio de amar.


*

Leí por ahí que el domingo es el día en que uno es más sincero con uno mismo. Es cuando nos damos cuenta de que estamos solos y buscamos cualquier plan antes de quedarnos quietos. El problema es cuando los planes se acaban o cuando el resto de la semana se vuelve un domingo eterno. La motivación se fue por la puerta sin despedirse hace rato, y ya no hay forma de alcanzarla.

*

– Como te decía, yo voy a donde me llaman. Pero me falta decirte algo: -se levantó rápidamente y agarró el saco- venir conmigo sería un error, y te faltan muchos errores para llegar a la muerte. Tal vez el destino quiso que tengamos esta charla.


Tiró la mitad del cigarrillo que le quedaba al suelo y salió por la puerta del negocio. La vi caminar hacia el oeste hasta donde me dejaba ver el ventanal, pero ni siquiera tuve ganas de salir a ver adónde iba. Pagué la cuenta y me fui a casa.

*

Agarré un cuchillo. Cuando lo tomé con las dos manos bajo mi pecho, supe para siempre quién era.